El mundo cambió más rápido de lo que podía hacerlo nuestro cerebro. Una nueva hipótesis intenta explicar por qué estar conectados, informados y rodeados de gente puede hacernos sentir cada vez peor

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Los mecanismos que ayudaron a nuestros antepasados a detectar amenazas, buscar aceptación y compararse dentro de grupos pequeños siguen funcionando. El problema es que ahora se activan frente a desconocidos, algoritmos y crisis que nunca parecen terminar.