Cuando una emergencia lleva anunciándose desde hace años, no es una emergencia, es un problema enquistado al que no se le da la solución necesaria. Esto es lo que sucede con la tan manida «emergencia climática» , que se ha convertido en el eslogan de una doctrina oficialista cargada de frases huecas y escasa de medidas realistas. También es una oportunidad cíclica para que el presidente del Gobierno ocupe espacio informativo con una presencia amable e institucional, en la que aboga por un pacto de Estado, asentado en propuestas evanescentes, propone medidas de dudosa eficacia para apagar incendios, como la red de refugios climáticos, y desvía la atención pública de la inacción culpable impuesta sobre el medio natural. Es cierto que existe un problema con el negacionismo climático , pero básicamente con el que practican los que no paran de hablar de él y creen que la respuesta es que los espacios naturales crezcan a sus anchas, como si, en efecto, el clima no estuviera cambiando. Pretender combatir ese cambio y, al mismo tiempo, no intervenir allí donde más se notan sus efectos es una contradicción que hace responsables a quienes incurren en ella. El verdadero pacto que tiene que hacer el Gobierno es con la realidad de la naturaleza, atendiendo los planteamientos de aquellos que conocen desde hace generaciones cómo funcionan los bosques y los montes, porque viven, o han vivido, con ellos y de ellos. Emplazar a la oposición a un pacto de Estado contra la emergencia climática es montar una sinfonía de ruidos que ensordezcan las verdaderas causas del problema. Si hay un cambio climático tan emergente como el que propala Sánchez, no se entiende la falta de fondos para ampliar el número de aviones contra incendios, por ejemplo. No hace falta pactar con el Partido Popular la ampliación de esta flota aérea y tampoco es cuestión de que ahora el Gobierno se ponga escrupuloso con la participación del Parlamento. Ni pactó con el PP ni ha pasado por el Congreso de los Diputados para destinar en los últimos meses miles de millones de euros a gastos de Defensa. Otra cosa distinta es que la incapacidad de gestión de este Gobierno haya arraigado hasta el extremo de que dé por imposible medidas inmediatas para algo que tanto las justificaría como es «una emergencia climática». Sin Presupuestos Generales del Estado, sin mayoría parlamentaria y en los minutos basura de su mandato, Sánchez se limita a interpretar el personaje de gobernante preocupado al que nadie hace caso y, al mismo tiempo, deslizar carga ideológica contra los pudientes que tienen aire acondicionado y segunda residencia con piscina. Porque, en el fondo, los profetas del apocalipsis climático están animados por ese resabio anticapitalista que rezuma lucha de clases. Lo que ha fracasado es la política de intangibilidad de los campos y los bosques; la demonización de las intervenciones humanas en el medio ambiente; la prohibición de limpieza activa de cortafuegos y de descarga del combustible vegetal acumulado tras unas temporadas de lluvias muy abundantes. No hay nada emergente, todo es previsible año tras año, sin necesidad de ser un experto en clima o en medio ambiente. Cualquier ciudadano sabe que cuando los inviernos y primaveras cargan de combustible la naturaleza, lo temible es una nueva temporada de incendios. Y no, no son los ecologistas de salón, despacho y subvención los que avisaban de lo que está pasando –no sería más que una profecía autocumplida–, sino los ganaderos, los agricultores, los vecinos de esa España agraria que se está vaciando, también porque se les hace muy difícil mantener el estilo de vida de sus antecesores, asfixiado por el burocratismo y las sanciones cuando aspiran a proteger la naturaleza también de sí misma. Si la derecha accede al poder tras las próximas elecciones generales, tendrá que aceptar el reto de crear un verdadero sistema de prevención frente a los efectos del cambio climático, con realismo, con humildad, oyendo a la gente del campo y a los científicos, porque si en España hay una infraestructura crítica de la que dependemos todos, esa es la naturaleza en todas sus expresiones.