Los laboratorios naturales del planeta pierden su identidad

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Hubo un tiempo en el que cada isla era un mundo distinto. Aisladas durante millones de años por océanos y mares, estos territorios dieron lugar a plantas y animales que no existían en ningún otro lugar del planeta. Esa singularidad convirtió a los archipiélagos en auténticos laboratorios de la evolución y permitió comprender algunos de los mecanismos que explican la diversidad de la vida. Sin embargo, ese patrimonio biológico se está desdibujando. Un estudio internacional publicado en Science Advances, liderado por la Universidad de Birmingham y con participación del CREAF, la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), el Centro Tecnológico BETA (UVic-UCC), la Universidad de La Laguna, el Museo de Ciencias Naturales de Granollers y la Universidad Autónoma de Madrid, concluye que las islas concentran cerca del 75% de las extinciones globales registradas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Además, advierte de que la biodiversidad insular está perdiendo el rasgo que la hacía excepcional ya que las especies exclusivas desaparecen y son reemplazadas por otras comunes en numerosos rincones del planeta, de modo que los archipiélagos son cada vez más parecidos entre sí. Este proceso, conocido como homogeneización biológica, preocupa a la comunidad científica porque supone la pérdida de millones de años de evolución. Como explica Sandra Nogué, investigadora ERC de la UAB y del CREAF y una de las autoras del estudio, la extinción de especies endémicas y la llegada de plantas y animales ampliamente distribuidos está haciendo que las islas «sean más homogéneas y cada vez más parecidas entre ellas». En otras palabras, la biodiversidad insular pierde poco a poco la identidad que la convirtió en uno de los grandes motores de la evolución. Las islas siempre han sido un refugio para la biodiversidad ya que su aislamiento permitió que muchas especies evolucionaran durante millones de años sin grandes depredadores ni competidores, adaptándose a condiciones muy concretas y dando lugar a organismos únicos. Pero esa misma singularidad es también su principal debilidad. La llegada del ser humano transformó ecosistemas que habían permanecido relativamente estables durante miles de años. La introducción de especies invasoras, la tala de bosques para ampliar zonas agrícolas y urbanas o la llegada de animales domésticos alteraron profundamente unos territorios donde muchas especies nunca habían necesitado desarrollar mecanismos de defensa. Natàlia Martínez-Rubio, investigadora del CREAF y coautora del estudio, explica que muchas especies insulares evolucionaron durante millones de años sin grandes depredadores y, por ello, «suelen ser muy confiadas». Esa falta de defensas hace que resulten vulnerables frente a nuevos cazadores como gatos, ratas o serpientes invasoras, capaces de diezmar poblaciones enteras en pocas décadas. Porque, a diferencia de lo que ocurre en los continentes, las especies insulares tampoco disponen de nuevos territorios donde refugiarse y cuando desaparece su hábitat, sencillamente no tienen adónde ir. Los ejemplos recopilados por los investigadores muestran que este fenómeno se reproduce en prácticamente todos los archipiélagos del planeta. La isla de Navidad, en el océano Índico, ha perdido cerca del 80 % de sus mamíferos y lagartos endémicos. En Rodrigues han desaparecido todos los reptiles autóctonos y Hawái ha visto extinguirse aproximadamente el 70% de sus aves terrestres. Aunque separados por miles de kilómetros, todos estos territorios comparten una misma historia: especies únicas desaparecen mientras otras ampliamente distribuidas ocupan su lugar. El resultado es un planeta más uniforme desde el punto de vista biológico. Y allí donde antes existían ecosistemas irrepetibles comienzan a dominar comunidades de especies muy similares, reduciendo la diversidad que caracterizaba a cada isla. Pero no hace falta viajar al Pacífico para encontrar ejemplos de esta transformación ya que España también conserva cicatrices de esa pérdida de biodiversidad. Hace unos 5.000 años habitaba las Baleares el Myotragus balearicus , un pequeño bóvido exclusivo del archipiélago conocido popularmente como la «cabra rata balear». Hoy solo permanece en forma de fósiles. La llegada de los primeros pobladores, la caza y la introducción de nuevas especies terminaron provocando su desaparición. Algo parecido ocurrió con la lechuza gigante balear (Tyto balearica), extinguida hace siglos. Según recuerda Martínez-Rubio, su desaparición también está asociada a la llegada del ser humano y las amenazas continúan en la actualidad. En Canarias, los lagartos gigantes del género Gallotia sufren el avance de la serpiente real de California, mientras que la paloma rabiche (Columba junoniae), ligada a los bosques de laurisilva, empieza a figurar como especie «casi amenazada» debido a la pérdida de hábitat y a la presión de depredadores introducidos como gatos y ratas. En Baleares, la lagartija de las Pitiusas (Podarcis pityusensis), exclusiva de Ibiza, Formentera y sus islotes, afronta un futuro incierto por la expansión de la culebra de herradura. Son ejemplos cercanos de un proceso global que amenaza con borrar parte de la historia evolutiva de estos territorios. Las consecuencias de una extinción no terminan cuando desaparece un animal o una planta. Cada especie desempeña un papel dentro de su ecosistema y su ausencia modifica el funcionamiento del conjunto. Oriol Lapiedra, investigador del CREAF, recuerda que cuando desaparece una especie insular también se pierden las funciones ecológicas que desempeñaba. La lagartija pitiusa ilustra bien esa realidad: además de alimentarse de pequeños invertebrados y ayudar a controlar sus poblaciones, también dispersa semillas y participa en la polinización de diversas plantas. Su desaparición tendría efectos mucho más amplios que la simple pérdida de un reptil. Las plantas tampoco escapan a este proceso, aunque suelen recibir menos atención. Sandra Nogué lamenta que sean «las grandes olvidadas» de la conservación. Gracias al estudio del polen fósil, los científicos han descubierto que en Tenerife desaparecieron especies antes incluso de haber sido descritas por la ciencia. Entre ellas figuraban un roble del género Quercus y un carpe (Carpinus), cuya existencia solo pudo reconstruirse miles de años después a partir de los sedimentos. Uno de los aspectos más innovadores del estudio es que cuestiona la forma en la que se ha investigado históricamente la biodiversidad insular. Gran parte del conocimiento científico se basa únicamente en las especies que todavía sobreviven, pero los autores recuerdan que esos ecosistemas ya habían sido profundamente transformados por la actividad humana mucho antes del nacimiento de la biología moderna. Como señala Ferran Sayol, investigador del Centro Tecnológico BETA y otro de los autores del trabajo, estudiar únicamente las especies actuales ofrece una visión parcial de cómo eran realmente las islas y puede dejar incompletas algunas teorías sobre evolución y biogeografía. Para superar ese sesgo, los investigadores proponen combinar los registros actuales con fósiles, ADN antiguo, polen conservado en sedimentos, colecciones de museos, diarios de exploradores y antiguos cuadernos de campo. Solo reconstruyendo el pasado será posible comprender cómo funcionaban originalmente estos ecosistemas y diseñar estrategias de conservación más eficaces. Las islas siguen siendo uno de los mejores escenarios para estudiar la evolución de la vida, pero ya no representan paisajes intactos. Comprender cómo han cambiado resulta imprescindible para proteger lo que todavía permanece. Thomas J. Matthews, investigador de la Universidad de Birmingham y coordinador del estudio, resume el objetivo de esta investigación con una idea sencilla: conocer la historia de las islas permite entender cómo evolucionaron sus especies, qué ocurre cuando desaparecen y cómo puede garantizarse su conservación en el futuro. Porque cada extinción supone mucho más que la desaparición de un nombre en un catálogo científico. Borra millones de años de evolución irrepetible y acerca un escenario en el que los archipiélagos dejan de ser mundos diferentes para convertirse en paisajes cada vez más uniformes. Y con cada especie que se pierde, el planeta renuncia también a una parte de la historia que explica cómo surgió y evolucionó la extraordinaria diversidad de la vida.