En el corazón de los Alpes victorianos del sur, en Australia, la cueva de Cloggs guarda en su interior los secretos de una tradición espiritual que se ha mantenido viva durante miles de años. Este lugar sagrado forma parte del territorio ancestral de la nación aborigen GunaiKurnai, cuyos relatos orales y registros etnográficos del siglo XIX hablan de sabios y sanadores, conocidos como los mulla-mullung, que realizaban rituales de curación, magia y protección. Recientemente, un equipo internacional de arqueólogos ha logrado demostrar que estas prácticas no eran leyendas aisladas, sino rituales que los ancestros humanos llevaban a cabo a menudo en la penumbra de esta cueva a lo largo de nada menos que 25.000 años.Para saber más acerca de los eventos ocurridos en el interior de la cueva, donde la falta de luz impide el crecimiento de cualquier tipo de vegetación, los científicos recurrieron al estudio de los fitolitos. Estas diminutas estructuras microscópicas de sílice que se forman en los tejidos de las plantas actúan como huellas dactilares botánicas y permanecen en el lugar exacto donde la materia orgánica se degrada. El proyecto, diseñado y ejecutado a petición y en estrecha colaboración con la comunidad GunaiKurnai, analizó miles de estos microfósiles extraídos de sedimentos profundos. Los investigadores se centraron especialmente en los fitolitos parcialmente quemados hallados en finas capas de ceniza, descartando así los restos que hubieran podido ser arrastrados de forma accidental en el pelaje o los excrementos de animales como los pósum (un tipo de marsupial).El secreto de las gramíneas quemadas en la oscuridad de la cueva Piedra vertical de 28 centímetros para ritualesLos resultados revelaron una asombrosa intencionalidad por parte de los antiguos pobladores. En lugar de recolectar especies de los densos bosques que rodeaban la entrada de la cueva, los ancestros seleccionaban minuciosamente hierbas y gramíneas específicas de zonas cercanas para transportarlas enteras al interior, incluyendo tallos, hojas, flores y raíces no comestibles. Entre las especies destacaban gramíneas adaptadas tanto a climas templados como a entornos cálidos y húmedos. Hasta un 18 % de los fitolitos analizados mostraron signos de haber sido expuestos al fuego de forma deliberada, depositándose en al menos 73 capas sucesivas a lo largo de milenios y conservando de manera impecable incluso sus estructuras celulares más delicadas.Todo esto encaja perfectamente con las prácticas tradicionales de los GunaiKurnai, que describen el uso de la ceniza para realizar actos mágicos y para rastrear las huellas de quienes entraban en el lugar, incluidos los seres espirituales. Durante las excavaciones, la evidencia microscópica se vio respaldada por descubrimientos de gran valor simbólico, entre los que destaca una piedra vertical de 28 centímetros erigida con fines rituales hace unos 2.000 años en medio de los estratos cenicientos, así como palos de madera de casuarina impregnados de grada en los depósitos más antiguos. Este trabajo demuestra cómo la ciencia botánica y la arqueología pueden unirse a la sabiduría indígena para corroborar la increíble continuidad de una práctica espiritual que ha sobrevivido durante milenios.