Los ratones despiertan muy poca simpatía, sino más bien todo lo contrario en millones de personas de todo el mundo. De hecho, el miedo a estos pequeños y escurridizos animales se llamaba musofobia (o también muridofobia), y se estima que afecta aproximadamente al 4,7 % de la población general dentro del grupo de fobias específicas a los animales. El DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) lo clasifica como un trastorno de ansiedad caracterizado por un miedo desproporcionado, persistente e irracional hacia roedores, principalmente por su apariencia y movimientos rápidos.La musofobia tiene explicación. El cerebro humano se ha preparado durante miles de años para reaccionar con alerta ante animales pequeños que se mueven de forma rápida e impredecible, especialmente con los que aparecen por sorpresa bajo nuestros pies. Cuando nos volvimos sedentarios en el Neolítico, empezamos a acumular grano, y los roedores se convirtieron en nuestros enemigos. Además, históricamente, se han asociado con la suciedad y propagación de epidemias, siendo la peste negra la primera que se nos viene a la cabeza al pensar en ellos.Por mucho miedo o repulsión que nos den los ratones, estos animales comparten una gran similitud biológica y genética con los seres humanos, lo que sumado a su pequeño tamaño y la capacidad de reproducirse con gran velocidad, ha provocado que sean “perfectos” para los laboratorios, utilizándose en multitud de experimentos. Aunque a menudo se representan orondos, lo cierto es que tienen una musculatura extremadamente ágil, ligera y rica en fibras de contracción rápida. Por ese motivo, no es de extrañar que sus músculos inspiren el desarrollo de robots.Un potencial a largo plazo para los sistemas robóticos más naturales Un grupo de investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zúrich) —una universidad pública pionera en investigaciones en Europa y en todo el mundo— ha desarrollado bioactuadores que combinan tejido muscular esquelético vivo, cultivado a partir de células musculares de ratón, con un andamio de hidrogel blando. Este material blando y rico en agua se dobla y estira como el tejido vivo, resolviendo el problema de mucho del tejido muscular esquelético cultivado en laboratorio, que si bien puede contraerse, el movimiento suele ser tan leve que apenas se percibe.La novedad que presente ETH Zúrich reside en que ambas partes están diseñadas conjuntamente como un único sistema. Para ello, los investigadores utilizaron primero una simulación por ordenador para determinar dónde y cuánto tejido muscular colocar y qué propiedades debía tener el andamio de hidrogel. «En lugar de especificar una forma fija para la geometría de nuestro músculo, quisimos diseñarlo todo desde cero en el ordenador», explicó Aiste Balciunaite, estudiante de doctorado en el Laboratorio de Robótica Blanda dirigido por el profesor Robert Katzschmann de la ETH.Un algoritmo fue el encargado de buscar las configuraciones en las que la contracción del músculo produjera el mayor movimiento posible de todo el componente. Después, en el laboratorio construyeron los actuadores musculares diseñados por ordenador y los probaron. Las estructuras de soporte se imprimieron en 3D mediante luz utilizando una técnica denominada xolografía (técnica avanzada de impresión 3D volumétrica), que tarda aproximadamente un minuto por estructura.Como resultado, los bioactuadores, cada uno de aproximadamente 1,5 centímetros de largo, constan de tejido muscular vivo y una estructura de hidrogel artificial que pueden flexionarse con tanta fuerza que el movimiento es visible a simple vista. El rango de movimiento, según los investigadores, es hasta 11 veces mayor que el de sistemas anteriores con una cantidad comparable de tejido muscular.Los nuevos bioactuadores pueden saltar, nadar, desplazarse sobre una superficie y agarrar objetos. Sin duda, lo que más llamó la atención de los investigadores fue la capacidad de saltar, ya que es un movimiento inusual que requiere un cambio de forma bastante pronunciado. Con una sola contracción, el actuador se eleva unos 5 milímetros del fondo del plato, un tercio de su longitud. El estudio ha sido publicado en Nature Communications.