Wellington, y su dura crítica sobre los oficiales del Ejército español en 1809: «Nada puede ser peor» en el peor momento tecnológico de España

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«Nada puede ser peor que los oficiales del Ejército español». Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington y aliado de España frente a Napoleón, dejó esa valoración en un texto que la recopilación Maxims and Opinions of the Duke of Wellington fecha en agosto de 1809. La frase, traducida del inglés, expresa un juicio muy severo sobre los mandos durante la Guerra de la Independencia.El pasaje reprocha a los oficiales sus escasos progresos en el oficio militar y su desconocimiento del funcionamiento de un ejército. La crítica se dirige a su preparación, sin comparar las prestaciones de sus armas. Sin embargo, el estado de los talleres y los problemas para equipar a las tropas permiten comprender las condiciones materiales en las que debían actuar aquellos mandos.España contaba con fusiles de chispa y había incorporado avances importantes a su artillería. La dificultad estaba también en convertir ese conocimiento en armas disponibles: conseguir trabajadores especializados, financiar la fabricación y reponer el material. Los documentos de la época muestran hasta qué punto abastecer al ejército se había convertido en una tarea urgente.Fusiles de chispa y cañones con mejoras de precisiónLa exposición del Archivo Histórico Nacional sobre la guerra describe una infantería equipada con fusiles y carabinas de avancarga y pedernal, con cartuchos de papel. Entre las armas utilizadas figuraban el modelo español de 1801, el británico Brown Bess y el francés Charleville An IX. La precisión del disparo era limitada, muy lejos de las posibilidades que hoy ofrecen las miras de infantería.El soldado necesitaba completar una secuencia de operaciones para cargar y disparar. La imprecisión obligaba a recurrir a las descargas de grupo, según explica el archivo, y la calidad de la pólvora influía en el resultado. Esa forma de combatir exigía instrucción y coordinación entre los hombres. La eficacia del fusil dependía, por tanto, de cómo se utilizaba dentro de la unidad.En artillería, el historiador Carlos J. Medina Ávila explica que el sistema Gribeauval era reglamentario tanto en Francia como en España. Mucho antes de la actual artillería autopropulsada, aquellas innovaciones habían permitido aligerar las piezas y normalizar sus componentes. Los patrones y las medidas establecidos facilitaban las reparaciones.También había mejoras en la fabricación: los tubos se fundían macizos y después se barrenaban, lo que favorecía un mejor centrado del ánima. A ello se añadían mecanismos de tornillo para ajustar la elevación y nuevos elementos de puntería. España participaba de esa evolución técnica; atribuir sus dificultades militares únicamente a unas armas anticuadas dejaría fuera una parte esencial de la historia.Una recompensa por traer 10.000 fusilesLas dificultades de la capacidad industrial aparecen con claridad en la investigación de J. Clayburn La Force, publicada en Business History Review. En febrero de 1809, la Junta Suprema ofreció 100.000 reales al primer barco que llegase a España con un mínimo de 10.000 fusiles. También estableció premios para impulsar la fabricación de cañones de fusil.La Force documenta otra carencia concreta. En diciembre de 1808 se ordenó enviar desde Asturias a Sevilla seis fabricantes de cañones y seis especialistas en llaves de armas. A comienzos de enero de 1809, Sevilla seguía sin los armeros cualificados necesarios. La disponibilidad de trabajadores especializados condicionaba la posibilidad de reparar fusiles usados y fabricar otros nuevos.El estudio recoge además retrasos en los fondos destinados a las fábricas. Tener un modelo de arma adecuado no aseguraba que el taller pudiera entregarlo cuando hacía falta. El problema del suministro sostenido obligaba a atender la financiación y el ritmo de producción, además del diseño.La frase de Wellington conserva la dureza de una opinión sobre sus aliados. Los datos sobre el armamento permiten ampliar esa mirada: junto a los problemas de mando existía una enorme dificultad para equipar a las tropas. En aquella guerra, la capacidad tecnológica de un ejército también se medía por los fusiles que sus talleres podían poner en manos de los soldados.