«La misión de Archivo RTVE es preservar y hacer accesible la producción audiovisual y sonora de la Corporación RTVE, garantizando que este patrimonio esté disponible para la emisión, la producción de nuevos contenidos, la investigación, la divulgación y la memoria colectiva del país». Tras esta breve declaración de principios, la emisora pública ofrece desde hace años y a través de internet un material que cada espectador puede administrarse según le convenga; televisión a la carta que lo llaman, en los antípodas del menú del día, puré con tropezones, o quema de restos, que La 1 y La 2 suelen servir a través de 'Viaje al centro de la tele' o 'Cachitos'. El gran público es hoy un bebé al que hay que darle todo bien masticado o pasado por la túrmix, haciéndole el avión con la cuchara. En la era de TikTok recordamos aquel «Non si interrompe un'emozione» con que Federico Fellini cargó contra los cortes publicitarios que sufrían sus obras en la pequeña pantalla. Ahora es la propia televisión la que, sin amor propio, sexo duro y puro, sacrifica su integridad moral. Es lo que hay, respuesta condicionada y automática al clásico «a ver qué ponen». Volvemos al archivo de la cadena pública con motivo de su setenta aniversario, efemérides cuya conmemoración dio paso el pasado lunes a la programación, también desde RTVE Play, de una parrilla en la que se van sucediendo, sin recortes y del tirón, en una secuencia de franjas horarias con cierta lógica de mercado, viejas emisiones de 'Aplauso', 'El gran circo de TVE', 'Si lo sé no vengo', 'Anillos de oro', 'Crónicas de un pueblo', 'Con las manos en la masa', 'Juncal', '¡Hola Raffaella!', 'El precio justo', 'Un, dos, tres' o 'Estudio 1'. Es lo que más o menos hubo, respuesta condicionada y semiautomática al clásico «a ver qué ponían». En esta parrilla Frankenstein que acaban de ensamblar los programadores y archiveros de TVE son todos los que están, pero por simple limitación de espacio y por los filtros aplicados en la selección de contenidos no están todos los que son. Había hueco, sin embargo, para recuperar a las tres de la tarde y a las nueve de la noche viejos telediarios –dos por día, catorce a la semana– para que el público pudiera hacerse una idea aproximada, de Gabilondo a Urdaci, o de Campo Vidal a Sáenz de Buruaga, hay banquillo, de cómo fue evolucionando la manipulación y el uso partidista de los informativos de la cadena hasta llegar a nuestros días, cuando a lo de toda la vida apenas se han añadido –estreno absoluto– el desahogo y la desinhibición.