Lo del domingo ante el Madrid fue, tal vez, el peor partido del Barça en los últimos dos años. No hace falta maquillarlo. Jugamos mal. Punto. Pero una cosa es reconocer un descalabro, y otra utilizarlo para dinamitar todo lo que este equipo nos ha regalado hasta hoy. Su fútbol nos ha dado razones de sobra para confiar: carácter, alegría, talento y noches que nos recordaron por qué ser culé no es una elección, sino una manera de entender la vida. ¿Que no estuvimos a la altura? Obvio. ¿Qué hay cosas que corregir? Muchas. ¿Qué debemos pedir más? Siempre. Pero de ahí, a tirar por la borda nuestro presente hay un buen trecho, y algún desgraciado lo recorre a toda prisa, con la sentencia preparada y un tufillo a caverna enmohecida. Seguir leyendo....