La imagen de dos trenes de alta velocidad desvencijados, con los vagones de hierro retorcidos tras un brutal choque frontal, quebró para siempre la rutina tranquila de Urda, una localidad española de apenas 2.500 habitantes, enclavada en la provincia de Toledo, el último miércoles 28 de octubre. Antonio García Condado de 78 años, el farmacéutico del pueblo, fue uno de los primeros en ver decenas de cadáveres bajo los amasijos de hierro y en atender a los heridos que ni siquiera tenían fuerzas para gritar ayuda.Estaba terminando de desayunar cuando su hija le alertó de que había ocurrido un accidente ferroviario. Sin pensarlo dos veces, tomó el coche y se dirigió hacia la zona. Al principio creyó que se trataba de un incidente menor.“Cuando llegué allí vi una cosa muy ligera. No había tráfico, apenas no había coches. Y dije: ‘Bueno, esto es una cosa muy leve’, pero conforme me iba acercando a la cabina del AVE, allí no había cabina. Era un amasijo de hierros, de cadáveres y de moribundos”, recuerda un día después de la tragedia ante los micrófonos de EWTN News Español, todavía con una profunda conmoción.Algunos movían “la mano entre medio de los cadáveres”Lo que más le sorprendió fue el silencio sepulcral que envolvía la escena.“Allí no había gritos, quizás porque no tuvieran fuerzas ni para hablar. Algunos moviendo la mano entre medio de los cadáveres”, explica.Como Antonio está cerca del pabellón donde esperan los familiares, periodistas de distintos medios le preguntan una y otra vez lo que vio, pero la repetición no mitiga el impacto de las escenas que presenció. Cada vez que lo cuenta, Antonio vuelve a emocionarse.“Me impactó muchísimo la despedida de un moribundo con su mujer: ‘Maite, te quiero mucho, cuida de los hijos’. Las últimas palabras que dijo me conmovieron mucho: ‘Dios es bueno’”, recuerda.Poco después observó a otro superviviente que pedía ayuda con serenidad a pesar de la gravedad de sus heridas. Describió a un chico joven, que estaba detrás de él, de pie, muy tranquilo, pidiendo una ambulancia.“Había perdido el brazo. Me derrumb锓Entonces ya le veo que tiene el brazo seccionado. Había perdido el brazo. Me derrumbé, creo que hasta lloré”, señala.Tras aquel primer impacto, tomó conciencia de la gravedad de la situación y regresó de inmediato a la farmacia. Reunió todo el material sanitario que pudo y movilizó a toda su familia.“Me vine para acá con las manos vacías para conseguir algún material, calmantes sobre todo. Mi hijo se vino conmigo, mi hija también, mi mujer, el auxiliar que tengo… Dejamos prácticamente la farmacia vacía y nos fuimos todos a intentar solucionar algún problema”, explica.De vuelta al lugar del accidente, las fuerzas de seguridad le indicaron que accediera por otro punto. Allí se encontró con una escena todavía más devastadora, al otro lado del tren. “Un vagón embutido dentro de otro. Imagínate los cuerpos que había allí. Bueno, pues aquello fue tremendo”, describe.Pocos minutos después la zona cero de los trenes siniestrados, un AVE de Renfe con 397 personas a bordo, y un Iryo en el que viajaban 147 pasajeros, se llenó del trasiego de uniformes y vehículos de las grandes catástrofes: decenas de ambulancias que se cruzaban con coches de funerarias; camiones de bomberos, de Protección Civil, de la Guardia Civil…La fe, lo único que te reconforta en medio de la tragediaDurante toda la mañana, Antonio colaboró en lo que pudo con los equipos de emergencia, suministrando medicamentos y material sanitario cuando empezaban a escasear. “Lo que más me impactó fue el primer momento, cuando vi allí a la gente pidiendo ayuda sin yo poder hacer nada, porque prácticamente estaba solo. Era una impotencia tremenda”, explica este hombre de profundas convicciones religiosas.Para él la fe en Cristo ha sido y es su gran asidero: “Los creyentes, cuando tenemos esos traumas tan grandes, nos acordamos siempre de lo mismo. Yo creo que te reconforta mucho. Es la única forma de seguir adelante”.