Vive un momento dulce Juana González (Puertollano, 1972), como la pintura figurativa que lleva décadas cultivando. La misma por la que apuesta buena parte de los creadores emergentes que se decantan por la técnica, pero a la que nuestras instituciones artísticas (del MNCARS hasta la feria ARCO) le niegan su espacio, acusándola tal vez de falta de 'conceto'. Y quizás eso, concepto (recuperemos todas las letras de la palabra soltado ya el chiste) es lo que 'le ha faltado' a la obra de González, lo que ha frenado su avance; pero es que no lo necesitaba una artista que, como explica, ha estado más interesada en mostrar los resultados de enfrentarse a la pintura, de convertir el trabajo en una lucha, empeñada en 'pasarlo mal' en ese combate, de sentirse perdida o experimentar el miedo al fracaso. No lo necesita una creadora que encuentra en el mundo de los sueños, en lo onírico, inspiración; ¡como si los sueños tuvieran explicación! O que reconoce abiertamente influencias, claras en sus resultados, de autores como Neo Rauch (pero también de Goya, de Velázquez, de Tiziano ...). Como si hubiera mucha originalidad en los discursos 'epocales' de los responsables de nuestras instituciones actuales (Nueva lista de los reyes godos: feminismo, inmigración, artesanía, ecología...). La muestra de Juana González en CentroCentro es su primera gran exposición institucional en la capital, después de haber despuntado en los últimos meses –y años– con citas que han puesto en valor su trayectoria en Espacio Mínimo o ARMA, su galería actual, donde cuenta con una cita aún en curso. Esta, de título 'Indómita pintura' (sensación que le provoca sus resultados a la directora de la institución que la acoge, y que por lo mismo le ha sugerido desbordar los límites de sus propuestas en las nuevas obras producidas para la ocasión), no es de recorrido cronológico, aunque abarca su transitar pictórico por los últimos diez años, gran acierto del comisario, que agrupa las piezas más por ámbitos temáticos, lo que permite comprobar avances o cambios en la práctica de la autora ante retos similares. Así, se inicia el despliegue con 'Crisis' (2019), en alusión a la dificultad del artista para sobreponerse a la sequía creativa en algunas ocasiones (y por eso sus manos se transforman en pies, un símbolo fetiche en esta autora ), en cuyas faldas hay una paleta de pintor que dialoga con una de las primeras apuestas tridimensionales con las que se atreve aquí (desde la modestia, admite) la manchega, en la que su propia paleta de los últimos 14 años es la base de una montaña invertida, como la que aparece en lienzos como 'Vivir', compuesta por rocas, recurrentes luego en 'Cenicero'. Llegarán después las valijas de 'Sisifo' o 'Sendero con maleta', que constatan cómo el paso del lienzo al lino como soporte ha dado pie a una pintura más fluida y expresionista, también a composiciones más limpias, menos narrativas y más existencialistas en sus contenidos. Figuración y abstracción no tienen ya espacios tan delimitados en el cuadro. Punto álgido, a mitad del camino, la apuesta por el dibujo, fragmentado, monocromo, inabarcable, pórtico de sus 'interiores' (que dialogan con un suelo de baldosas intervenidas) o sus 'brujas' (curioso siempre en esta pintora la escasa presencia de personajes femeninos ), sus 'animales', hasta acabar en 'Poder', su cuadro más pequeño que, sin embargo, amplía su ambición desbordando su marco con una intervención mural. Un nuevo resquicio, sin explicación necesaria, por el que escapa esta gran autora.