La carretera de los viñedos, que recorre el último tramo del trayecto en coche hasta el pueblo de Urda desde Madrid, amaneció con una espesa manta de niebla, que bien puede ser la imagen de la pesadumbre que reina en los vecinos de esta pequeña localidad.“De haber sido así ayer, los trabajos de rescate hubieran sido mucho más difíciles”, señala uno de los vecinos de la localidad que se ha hecho mundialmente conocida tras el terrible accidente en el que dos trenes de alta velocidad chocaron, llevándose en el trance al menos 69 vidas humanas de entre los más de 500 pasajeros.Decenas de corresponsales españoles y extranjeros se congregaron desde primera hora de la mañana en el centro de mando avanzado, a unos doscientos metros del lugar del accidente, ofreciendo sus primeras crónicas.Mientras, en el pueblo, la atención está a las puertas de la farmacia frente a la parroquia de San Juan Bautista. Allí, con paciencia infinita, el titular de la botica, Antonio García, narraba cómo fue de los primeros en llegar al lugar, donde le impresionó el gran silencio que dominaba la escena, dantesca. “Era un amasijo de hierros, de cadáveres, de moribundos pidiendo en un silencio sepulcral. Allí no había gritos”, describió.Su hija Claudia, también farmacéutica, colaboró en los primeros auxilios. Tiene 25 años y, pese a estar acostumbrada a escenas duras por su voluntariado en África, está visiblemente impactada. Busca recogerse en silencio para procesar lo vivido, pero la presencia de los medios se lo pone muy difícil.Antonio auxilió a los que pudo. Y nunca podrá olvidar cómo Mario, uno de los heridos a los que atendió, logró llamar a su esposa con su ayuda para decir: “Maite, te quiero mucho. Cuida de los niños y que sepas que Dios es bueno”. Para el boticario, hombre de fe, esta última frase quedó grabada a fuego.Las campanas doblaron a dueloA mediodía, las campanas de la iglesia, que habitualmente sólo llaman con alegría al rezo del ángelus, en esta ocasión doblaron a duelo por los fallecidos en el accidente. La Misa se celebró en la Basílica del Santo Cristo de Urda, donde se venera una talla del siglo XVI y es centro de peregrinación.En el libro de visitas a la entrada del templo, muchos dejaron su testimonio de fe y pesar: “Pedimos a Cristo que nos proteja y ayude a todos”; “Santísimo Cristo de la Veracruz, ayuda a los familiares de los fallecidos hoy trágicamente en el accidente de tren”; “Te pido que des fuerzas a todas las familias de los fallecidos (...) ayúdalos y que soporten esta desgracia de la mejor manera posible. No les falles”.“¡Estoy vivo, estoy vivo! Eso es la esperanza”El párroco, José Miguel Fernández, que no pudo evitar emocionarse al inicio de la celebración, a la que acudieron numerosos vecinos, predicó sobre el sentido de la esperanza cristiana a pesar de las devastadoras circunstancias y completó la historia difundida por el farmacéutico.“Esta mañana Antonio ha vuelto a recibir una llamada de este señor, que se llama Mario, a decirle: ¡Estoy vivo, estoy vivo! Esto es la esperanza”, resumió el presbítero."Padre, deme un abrazo”En entrevista con EWTN News Español, el sacerdote explicó su impresión al llegar al lugar de los hechos, donde vio "una fila enorme de heridos que iban saliendo de los vagones de los trenes”.“Son momentos en los que, humanamente, te encogen el corazón, pero rápidamente nuestra mente se eleva a Dios y miras al cielo”, añadió con un nudo en la garganta. En un momento, se le acercó un hombre: “Padre, deme un abrazo, que estoy vivo”. Y desde entonces vio clara su misión: ”Cogernos de la mano y darles un abrazo”.La sonrisa de ClaudiaTerminada la Misa, Claudia se acerca a uno de los primeros bancos de la basílica a encontrar el silencio y la paz que anhelaba frente al Cristo de la Vera Cruz. Y ahí la dejamos, acompañando desde el silencio su dolor.Al rato se ve de nuevo a la joven por las calles de Urda. Sus ojos se han despejado y logra esbozar una sonrisa que habla de esperanza, a pesar del dolor.