Lleva a Dorothy y sus chapines rojos en dos pines, prendidos en la chaqueta vaquera a modo de declaración de intenciones pero también de talismán, como si necesitara suerte quien transita, de forma inevitable, una y otra vez por el camino de baldosas amarillas. Hay quien va a Oz para escapar, del dolor, de la realidad. Para refugiarse en su candidez, en su colorida mitología. Para protegerse de los problemas banales del mundo, encerrados sin retorno a Kansas ni a ningún sitio, en una fábula con moraleja. María José Navia lo lleva consigo, como una profecía, como una certeza. En la memoria y, también, en los genes. «Siempre me acompaña», afirma durante la entrevista en un hotel de Madrid, minutos después de esconderse detrás de un telón y decir, sin saber que nadie escuchaba, para sí misma: «Cortinas de cine, como en la película». No se acuerda la autora chilena de la primera vez que la vio. De hecho, reconoce entre risas que esa anécdota siempre la tiene «que inventar», pero la cinta de Victor Fleming le descubrió a L. Frank Baum y dio rienda suelta a una «obsesión muy infantil» que, como una madeja de lana, fue desensortijando durante toda su vida hasta que encontró, por casualidad, su lugar en ella. Una conexión, o varias. Solo tuvo que tirar, todavía más, de ese hilo infinito. En todos sus cuentos ha ido de alguna forma de Kansas a la Ciudad Esmeralda, como un imán, con alusiones que la persiguen sin remedio: Dorothy, los zapatos, el tornado o el sendero están presentes en sus relatos de alguna forma. En la pandemia, con el mundo encerrado y la incertidumbre acechando fuera de casa, se dejó ir más allá del arcoíris. «Me obsesioné aún más. Me leí los catorce tomos de Frank Baum, empecé a leer biografías suyas, de Judy Garland, volví a ver la película y fui dejando que este tornado trajera cada vez más referencias», cuenta la escritora, que vio películas, leyó sin descanso y trabajó, de forma paralela, en dos libros, uno de ellos 'El cielo sobre las nubes' (Seix Barral, 2026), que ahora publica. También investigó y encontró un tesoro que no imaginaba: la huella de los hermanos Mankiewicz, primos de su bisabuelo. «Descubrí que el primer guionista de 'El mago de Oz' –no acreditado– fue Herman Mankiewicz, un antepasado mío muy lejano. También Joseph L. Yo sabía por tradición familiar que, lejos en el árbol genealógico, estaba emparentada con el viejo Hollywood dorado, con el guionista de 'Ciudadano Kane', con el director de 'Cleopatra'. Pero no sabía la conexión con Oz. Investigando fue como lo supe, y también que fue Herman Mankiewicz quien decidió, además, que la película empezara en sepia y después pasara al tecnicolor», cuenta. Lo suyo con Oz quizás sí sea, en cierta manera, cosa del destino. Su vida está, irremediablemente, atravesada por las baldosas amarillas. Para rizar el rizo, el otro Mankiewicz, el director, Joseph L., fue amante de Judy Garland y quien le recomendó que fuera a terapia para evitar todos «esos medicamentos que tuvieron la culpa de gran parte de sus penurias y su adicción». Todo apuntaba al mismo norte, como una brújula. Las relaciones que descubría, los trabajos no reconocidos, las penurias de dos víctimas de la industria. «Creo que Oz sirve para contar todas las historias, todo se puede contar usando Oz», dice Navia. «En ese momento entendí por qué siempre volvía. Vengo de una familia que quiero mucho pero no son muy lectores. No crecí en una casa con una gran biblioteca, los libros que había eran los que me iban regalando. Tampoco tengo muchos parientes artistas. Para mí fue algo muy bonito encontrar alguna conexión con el arte por allá lejos, que no soy un marciano que me dejó en una nave en mi casa un día por la mañana, que vengo de alguna parte», admite la escritora. Ese vínculo inesperado arrasó con ella y la adentró todavía más en ese mundo, al que vuelve, si es que acaso se fue, en 'El cielo sobre las nubes', que considera, aunque realmente no lo es, su primera novela, donde cruza tres historias, tres épocas, varias vidas, realidad y ficción, pasando, como decidió su ancestro en la película de Victor Fleming, del sepia al tecnicolor para contar la pérdida, la maternidad, la vulnerabilidad o la incomodidad con el cuerpo, entre otros problemas, de tres mujeres que, de algún modo, recuperan la inspiración original con la que Baum –influido por su suegra sufragista– concibió a Dorothy. El personaje que marcó a Judy Garland no era como 'Alicia en el País de las Maravillas', educada, culta, muy victoriana, sino una niña campesina, huérfana, con unos tíos grises y un mundo gris cuya única alegría es su perro Toto. Navia entiende el arte como una mezcla de luz y oscuridad, por eso no evita señalar que debajo de la fantasía luminosa de Oz palpita una pérdida real (Frank Baum perdió a su sobrina Dorothy Gage, pero la resucita en sus libros cambiándole el apellido por Gale) y eso no impide que el duelo, el trauma, pueda contarse con colores brillantes. Antes de ser 'El cielo sobre las nubes', la novela iba a llamarse 'Tecnicolor'. Y 'Rainbow'. Y 'Del otro lado del arcoíris'. Al final la escritora chilena se decidió por el cuadro de Georgia O'Keeffe, que aparece de forma circunstancial en el libro, porque le permitía conectar distintos niveles y también evocaba a 'El mago de Oz'. «Quería un remolino de referencias pero sin que fuera muy pesado ni que nos aplastara al lector como la casa a la bruja», bromea. Mirándose en el espejo de Don Quijote, la autora renuncia a pensar, como tantos, que el Alonso Quijano de Cervantes se evada de la realidad, enloquezca, por culpa de su obsesión con los libros de caballería. «Para mí los libros son una catapulta que lo devuelve al mundo. Me pasa también con 'El mago de Oz' , fue un refugio empezar a quedarme durante la pandemia en ese mundo pero, siguiendo con sus imágenes, fue al mismo tiempo ese tornado que me llevó a otros sitios, a esta historia de la novela», concede. También a reflexionar sobre la tecnología. Y frente al temor a la inteligencia artificial, María José Navia se aferra a una «esperanza pequeñita»: que ese arte, «que inevitablemente va a existir», no va a tener el impacto transformador en la vida de las personas como el creado por humanos porque este tiene una chispa distinta. Un recordatorio de que las ficciones no son refugios para esconderse, sino faros para habitar el presente. Todos los caminos llevan a la Ciudad Esmeralda.