Ricardo Gómez reescribe la infancia detrás de Carlitos Alcántara en su debut como director

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He aquí una paradoja: el mismo niño que durante años formó parte de la familia televisiva más reconocida del país a duras penas conocía a la suya propia. De esta premisa parte Una familia, debut en la dirección de Ricardo Gómez que se estrenó, fuera de concurso, en la 71 edición de la Seminci y que llegará el 19 de febrero de 2027 a las salas. Una historia que, si no es la suya propia, desde luego se le debe parecer mucho a la de aquel chaval que creció haciendo de Carlitos en Cuéntame cómo pasó.En la ficción a su alter ego lo interpreta Víctor Lite, toda una revelación de mirada triste que alterna el plató con su día a día en la sierra de Madrid. Pero esta es solo una de las historias, la del hijo. Porque esta familia se construye con la sobreposición de otras tres piezas más, el padre (Patrick Criado), la madre (Claudia Traisac) y la abuela (Ana Wagener), personajes que no dejan de mirarse y buscarse, pero cuyos relatos nunca llegan a encontrarse del todo.A este particular caleidoscopio familiar le mueve, por tanto, la búsqueda constante de la propia identidad biográfica y cinematográfica del director. Para ello, navega por distintos formatos, tiempos y recursos. Así pasa de las lentes de doble enfoque y el corte rápido, al plano secuencia y las secuencias dilatadísimas. Este viaje, claro, está plagado de metaguiños: hay barrios que parecen plagiados de aquel San Genaro de Cuéntame y Traisac y Criado pertenecen, como Gómez, a una misma generación de niños actores.Lo mejor y lo peor de 'Una familia'Sin embargo, no todos sus trucos funcionan igual de bien. Por un lado, tiene verdaderos fogonazos creativos que desvelan a un director audaz. En concreto, una interminable pelea entre Traisac, bailarina y madre coraje que aguanta de todo, y Criado, un quinqui agresivo que se pasa el día en la calle, en la que les da tiempo a discutir, llorar y acostarse sin solución de continuidad. O, sobre todo, la revelación casi mística que vive Traisac en un semáforo y que por sí sola justificaría todo la cinta.Pero, por otra lado, aparecen también valles narrativos, arritmias y algunas dificultades para hilvanar las tres tramas principales. Algo esperable, y casi lógico, dentro de esa búsqueda tan frontal de una caligrafía propia, tanto en lo emocional como en lo formal. Porque en su día, en contra de lo que pensábamos, no vimos crecer a Ricardo Gómez en la pantalla, solo a su personaje. Pero ahora sí que tenemos la oportunidad de verle crecer como director, un papel para el que ya apunta maneras.