Muere el escultor Miquel Navarro, poeta de la ciudad humana

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Miquel Navarro, fallecido este domingo a los 81 años, era, sin ningún género de dudas, el escultor español más importante tras la generación de Chillida, Oteiza y Chirino, capaz de materializar una idea esperanzadoramente humana de la ciudad que ha modulado a lo largo de cinco décadas. Distinguido con premios como el Nacional de Artes Plásticas (1986) o el Julio González (2008), realizó exposiciones en museos nacionales e internacionales y sus obras están en colecciones tan prestigiosas como las del Museo Reina Sofía, el Pompidou o el Guggenheim. Desde comienzos de los años setenta, Navarro estuvo interesado por «esculpir» la ciudad, primeramente utilizando materiales cerámicos, destacando la potencia de 'Torre Avenida con fábrica' (1975-1976), hasta llegar a la memorable 'Ciudad' (1984-1985) que presentó en la Galería Vijande, con edificios metálicos y pequeños bloques que se asemejan a barriadas de trazado urbano geométrico o la sutileza de 'Soca I' (1987) en la que se aproxima a la estética minimalista sin perder su registro particular. Este artista ha definido su obra como un paisaje escultórico generado por medio de instalaciones y montajes en el que se desintegra topográficamente el universo referencial. Cuando Miquel Navarro afirmaba que quería «manipular el cosmos» no pecaba de soberbia, puesto que su obra suponía la creación de un dominio con un sistema de claves inmanente. Las suyas eran esculturas que no estaban diseminadas sin más, salían del suelo con una racionalidad que no era meramente la de la seriación de ciertas estéticas contemporáneas. En la obra de Navarro intervenían, más allá del racionalismo geometrizador, la pasión del juego y los ecos del tiempo perdido de la infancia. Las dos metáforas más importantes de la obra de Miquel Navarro fueron las del poder (la Torre alzándose en vertical) y la del deseo (los elementos repetidos por el suelo), ambas en un juego de tensiones complejas. Hay, según señalaba el mismo artista, una cierta permanencia en lo vertical («afirmación, cipo, hito, mojón, miliario, cruz de término; o agresión: pilastra, poste, cipote, picota, horca») mientras que lo horizontal es la cancha de la vida. La sexualidad la presentaba de forma directa, en el pene gigantesco estallado, en los torsos caídos por el suelo, en esos 'Personajes' (1993) que tienen por todo sombrero sus genitales, incluso en las conducciones por las que sale el agua de las fuentes. Miquel Navarro desplegaba el «contratema» de las ciudades, una meditación visual (obsesiva) sobre el fetichismo y la mutilación, una función del velo que iba más allá de la representación al atreverse a mostrar el falo castrado. Miquel Navarro afirmaba que buscaba la redención a través de lo arcaico. Es evidente la importancia del elemento totémico, por ejemplo, en 'Acantilado' (1994) o 'Luna atravesada' (1995), así como en su concepción de las fuentes como en su emblemática 'Pantera Rosa' (1984) en Valencia. Pero una vez más junto a ese afirmarse verticalmente está la caída y la aglomeración, ya fuera en 'Orgànic' (1987-1988) o en 'Tensión' (1989-1996), en ambos casos podía entreverse el símbolo del individuo en la soledad: una reflexión sobre la existencia en la que surge cierta nostalgia de la inmediatez. Los elementos seriados acaban reducidos a una trama de orden y desorden y, más allá de esta gramática, a la presencia del trauma o la frustración. Antonio Saura señaló acertadamente que las ciudades de Miquel Navarro no estaban ni pobladas ni despobladas, «ya no precisan de habitantes para existir. Son parábolas de ciudades, paródicas aglomeraciones, espejismos tangibles, y cualquier sombra humana anularía la rotundidad de su 'soledad sonora', el misterio de su sorprendente ordenamiento volumétrico. No precisan ser habitadas ni deshabitadas por ser únicamente fruto de la mente. Son, en cierto modo, ciudades ideales, cercanas en cuanto a su poética resonancia a ciertas representaciones pictóricas del Renacimiento». En los años noventa, Miquel Navarro encontró en la fotografía una posibilidad para meditar drásticamente sobre la identidad y el deseo. De suyo en toda la obra de Navarro dominaba la pasionalidad o la vertiente emocional, así como una necesidad de dibujar el lugar del sujeto. Miquel Navarro indicó que los elementos caídos de Multitud son los muertos, pero también, por medio de esas formas, estableció una mirada serena con respecto al destino de los hombres: «Se trata –declaró en una conversación con Liam Kelly– de aceptar la comunidad y la muerte». Sedimentó en sus fascinantes obras su ego polivalente y ancestral, anhelando una suerte de «mito cósmico» sin perder nunca un talante lúdico. Miquel no olvidó nunca el entorno en el que el artista se crio, este territorio afectivo en el que siguió instalado. Desde las chimeneas de las fábricas de Mislata a los edificios de la capital, evocando siempre el agua, canalizando esa fuente de la vida y componiendo, con pasión, modelos de ciudad que tenían que ver siempre con la corporalidad. «Para mí –apuntó Miquel Navarro en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (2009)–, la ciudad es un cuerpo humano en sí misma, que tiene sus similitudes con la máquina: sus arterias, sus conductos, sus fluidos, su movimiento, sus colapsos… La ciudad tiene asimismo un elemento de útero protector, como un refugio. El cuerpo humano como tótem, y la ciudad totémica. El cuerpo cuando duerme, como forma horizontal y yacente; y la ciudad cuando crece y se expande territorialmente. Los paralelismos abundan: con frecuencia hablamos del corazón de la ciudad y de su cerebro, así como de las espaldas de la ciudad, lo oculto». En un poema que escribió para el catálogo de su exposición en la galería Marlborough de Nueva York (2002) aludió a la «batalla cotidiana en la urbe» como una historia de placer y sufrimiento, territorio a la vez desordenado y sometido al orden, de ruido y silencio, donde se entrelazan sufrimiento y placer, concluyendo que «la ciudad es máquina de defensa del hombre». Las obras de este genial artista, un hombre apasionado y un amigo insustituible, son espacios poéticos en los que seguiremos buscando una mínima esperanza en un tiempo desquiciado. Quedará siempre en la memoria su monumental construcción de un mundo habitable, de una ciudad deseante, de una comunidad hondamente humana.