Carlos López-Otín: «Las falsas promesas en envejecimiento son incompatibles con la realidad»

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Sammy Basso estaba programado genéticamente para morir demasiado pronto. Sufría la forma de progeria más agresiva, una enfermedad minoritaria llamada Hutchinson-Gilford que reducía estadísticamente su vida a unos escuetos trece años. A los dos años los primeros signos de envejecimiento acelerado empezaron a aflorar. Su cuerpo comenzó a apergaminarse, envejecía por fuera y también por dentro con daños en las articulaciones, cataratas y problemas cardiovasculares y respiratorios típicos de un nonagenario. Solo el cambio de una letra en su genoma producía esa devastación en el organismo. Cuando conoció a López-Otín en un congreso sobre progeria en Boston (EE.UU.) Sammy tenía solo doce años y asistía con sus padres a la reunión científica junto a otros enfermos ansiosos por conocer los últimos avances. Le dijo, con una madurez extraña para su edad: «Tal vez no volvamos a vernos nunca más, pero te animo a seguir trabajando para que los enfermos que vengan detrás de mí puedan disfrutar de la vida mucho más tiempo que el que a mí me han concedido». Casi desde ese momento surgió una relación de amistad que llevó al investigador español, experto en envejecimiento y cáncer, a convertirse en su profesor, su psicólogo, su mentor. Dieciséis años después, Sammy se convirtió en un joven único que duplicó su esperanza de vida hasta cumplir 28 años y unos meses. Pero también porque fue el primer paciente de progeria en estudiar Biología Molecular e investigar su extraña patología, siempre con el apoyo del científico español. «Vivió una vida con sentido que también transformó la mía». Ahora lo cuenta en 'La eternidad y un día más' (Paidós). —¿Este libro es solo un homenaje a Sammy? ¿O un ejemplo de cómo deberíamos exprimir nuestras vidas? —No, no es un tributo, era un compromiso con él. Cuando superó los 20 años, me preguntó : '¿Cuánta vida crees que me queda?'. Yo le contesté que un máximo de cinco años y entonces decidimos trazar un plan de vida para ese tiempo. En esa conversación recordamos que habíamos vivido muchas cosas juntos y que sería bueno que alguien lo escribiera. Él estaba destinado a morirse joven, pero yo ya era una persona mayor y decidimos que cuando uno de los dos muriera el otro tendría que escribir un libro. La mayoría pensará que he escrito un libro sobre él, aunque en realidad es un libro sobre mí. —Es un libro sobre dos vidas que se cruzan. —Sí, pero las reflexiones, los pensamientos que comparto son los que me han acompañado toda mi vida. La última frase es: 'Gracias Sammy, por haber impartido mi última clase', no su última clase, mi última clase. Escribí el libro en siete semanas. —No solo dirigió su vida académica, también su vida personal. —Sí, me di cuenta cuando murió y cogí el primer avión a Venecia para estar con sus padres. Me invitaron a estar un rato en su habitación. Me senté en el borde de la cama y vi que la mayor parte de las fotos, los recuerdos que había tenían que ver con el tiempo que pasó en nuestro laboratorio de la Universidad de Oviedo. —¿Sammy quería ser científico?   —Desde niño. Primero, quiso estudiar Físicas pero no pudo porque el programa era muy exigente y a la universidad no le importaban sus dificultades. Nosotros le animamos a estudiar biología molecular, a conocer las claves de la vida y a contribuir al conocimiento de su enfermedad. Él pensaba que sin esto su vida hubiera sido más vulgar. Por eso contaba que su vida había sido bendecida por la enfermedad. Su dimensión fue estratosférica. Conocía a todo el mundo y todo el mundo lo conocía a él. El momento más importante de todos los que viví con él fue el día de su lectura de tesis. Ocurrió en medio de mi hecatombe (cayó en una fuerte depresión que le hizo pensar en el suicidio tras una tormenta mediática y la revisión de publicaciones científicas). Y entonces, pensé '¡qué bien que pueda vivir esto todavía!'. Fue uno de mis catorce días de felicidad máxima, como los que tuvo Abderramán III. —¿Y cuántos lleva? —Uf esa pregunta, qué difícil. Pero sí, los tengo contados y ese fue el penúltimo. Desde entonces tuve otro, doce en total. Me quedan muy pocos días esenciales. —¿Cómo están evolucionando las terapias antienvejecimiento contra la progeria? —La única que pusimos en la lista realmente transformadora es la edición genética. Nosotros hicimos una prueba de concepto y lo publicamos en la revista 'Nature Medicine', pero aún se necesita una edición genética de calidad. —Sammy investigaba con su grupo cuando demostraron que funcionaba. ¿Él no tuvo la tentación de probar ese tratamiento al ver que se le acababa el tiempo? —Lo hablamos mucho. Le mostraba los datos y en nuestras manos el éxito de corrección del defecto en ratones era del 2-3%, aunque había voces científicas que estaban convencidas de que iba a ser la curación para estos casos. ¿Se puede hacer? Sí, pero no en este momento. La técnica se tiene que mejorar porque veíamos que se podían generar tumores. —Introduce un concepto nuevo en el libro: el afectoma. Lo hace como variante del exposoma, o cómo el afecto y la amabilidad también influyen en la salud. ¿Ayudaron a Sammy a alcanzar esos años vividos de récord? —Sammy nació con una mutación, un cambio entre 3.000 millones que le provocó una enfermedad incurable de muy mal pronóstico y de muy corta evolución. Se benefició de avances que salieron del laboratorio y le ayudamos a vivir más. ¿Pero fue solo por eso? No. El exposoma es un concepto que ha tardado mucho en introducirse, esto es cómo afecta a la longevidad los factores negativos y las toxicidades. Pero yo empecé a notar que había también un exposoma amable y saludable. Lo he vivido con Sammy y con otras personas en las que no había una justificación para la evolución positiva de su enfermedad. Sammy tenía amigos, familia y su fe religiosa. Yo no soy creyente y ahora toco todos los días una pequeña cruz de madera de San Francisco que llevaba él y me regaló. Todo esto es el afectoma. En el artículo de la revista 'Cell' donde publicamos las claves del envejecimiento, incluimos la adaptación al entorno social y económico. Es el artículo más citado de la historia. No es ciencia de menor calidad. —¿Qué opina de una industria del antienvejecimiento que crece sin parar? The Lancet se refería a ella como una fiebre del oro sin oro.   —La exageración y la formulación de falsas promesas es incompatible con la realidad actual de la investigación. En nuestro laboratorio hemos contribuido al progreso científico en torno al conocimiento del envejecimiento pero nunca hemos pretendido explorar imposibles, narcisistas y arrogantes sueños de inmortalidad o de eterna juventud. Nuestro trabajo ha servido para definir las claves moleculares y celulares del envejecimiento y recientemente hemos integrado estos determinantes biológicos con componentes sociales y emocionales. Sin embargo, nuestro objetivo fundamental siempre ha sido entender mejor tanto el envejecimiento patológico como las enfermedades asociadas al paso del tiempo. Estos estudios también nos pueden ayudar a descifrar aspectos complejos y poco conocidos en patologías como el cáncer o las enfermedades neurodegenerativas. —¿Debemos desterrar la idea de que el envejecimiento debe abordarse como una enfermedad que puede tener cura? —El envejecimiento es inexorable, pero la longevidad es plástica por lo que es interesante e importante explorar los mecanismos que subyacen a esa plasticidad y sus posibles aplicaciones médicas. Sin embargo en mi opinión, el envejecimiento no es una enfermedad, sino un proceso biológico natural, que forma parte de nuestro legado evolutivo. Con el conocimiento actual, creo que mientras no seamos robots que se alimentan de electrones sino seres vivos con componentes biológicos en nuestro organismo y capaces de nutrirnos de emociones, asumo que el envejecimiento y la muerte seguirán existiendo. Y ahora mismo recuerdo un antiguo proverbio chino que decía que si los cielos tuvieran pasiones, también los cielos envejecerían. —En el capítulo de agradecimientos, da las gracias a todos los que le acompañaron durante la escritura del libro, que le inspiraron nuevas ideas o revisaron el primer manuscrito. Y cita, entre otros a Letizia Ortiz. ¿Cuál fue el papel de la Reina? —Después de más de 40 años de impartir clase en varias universidades he tenido muchos miles de alumnos, pero también he disfrutado del privilegio de poder enseñar a un buen número de estudiantes a los que defino como alumnos externos, porque no están formalmente matriculados en mis asignaturas pero tienen una curiosidad genuina y profunda por escuchar y aprender. Algunos de ellos tienen la determinación y el talento para avanzar a otro nivel que se encuadra en la categoría de discípulos, que comienzan a formularse sus propias preguntas. Letizia Ortiz es un excelente ejemplo en este sentido. Letizia es una persona que siempre me ha demostrado un compromiso extraordinario con valores como el estudio, la investigación, la educación o el apoyo a los pacientes con enfermedades, desde las muy frecuentes como el cáncer, a las minoritarias como la propia progeria. Por eso, tengo la confianza precisa para enviarle alguno de los textos que escribo, como el primer manuscrito de este libro, 'La eternidad y un día más', para pedirle su opinión y su crítica sobre las ideas que en él he tratado de expresar.