Alimentación y salud están íntimamente ligadas y la comunidad científica trata de acotar la influencia que determinados productos tienen en la respuesta del organismo, en especial en cuanto a las consecuencias que pueden derivar en materia cardiovascular. Ahí, los alimentos ultraprocesados emergen como uno de los grandes peligros del siglo XXI.Sus efectos adversos en el sobrepeso, la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares se encuentran de sobra documentados en la edad adulta. Ahora, un estudio observacional ha querido comprobar cuál es la respuesta cerebral de los más jóvenes de la casa ante ese tipo de productos a los que la falta de tiempo, la economía y la comodidad hacen acudir con frecuencia a la hora de completar su alimentación.Para ello un equipo de la Facultad de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California, liderado por la doctora Kathleen A. Page, ha querido revisar, en el marco de un ensayo más amplio patrocinado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, cómo responde el cerebro de los niños ante imágenes de comestibles tan socorridos como galletas, cereales, patatas fritas o productos de bollería. Sus conclusiones se han publicado en el medio especializado JAMA Network Open.Mayor activación en el estriado dorsal y ganancia de peso Recurrir a galletas y otros productos ultraprocesados se ha convertido en un hábito en muchos hogares - UnsplashPor alimentos ultraprocesados entendemos aquellos que se elaboran de forma masiva en fábricas o cadenas de producción y en cuyas hojas de ingredientes figuran de forma principal elementos como colorantes, conservantes y otros aditivos que no están presentes en la cocina casera. Atractivos para el apetito y cómodos para la organización diaria, pero cuyas consecuencias a nivel salud se notan cada vez de manera más temprana.El estudio en cuestión ha analizado la respuesta cerebral de un grupo de control de 46 niños a lo largo de un año mediante imágenes por resonancia magnética. La idea era sencilla: monitorizar la actividad cerebral mientras se les mostraban fotografías que incluían esos productos a los que un niño no suele resistirse para evaluar cómo estos productos interactúan con los mecanismos neurobiológicos durante las etapas tempranas del desarrollo.«El cerebro de los niños aún está en desarrollo, sus hábitos aún se están formando y sus preferencias alimentarias aún se están definiendo. Es un período importante en el que el cerebro es muy sensible a los alimentos y al entorno alimentario» apunta la doctora Page en la presentación de sus conclusiones. En ellas, acota que el consumo habitual de estos preparados comerciales modula la respuesta del cerebro infantil ante las señales visuales asociadas a la comida, un factor que podría explicar parte del aumento de la adiposidad observado a lo largo del tiempo.Antes de comenzar con el estudio, el equipo tomó las medidas de referencia de los participantes en relación a parámetros como su índice de masa corporal (IMC), circunferencia de cintura, porcentaje de grasa corporal, así como sus hábitos alimenticios. En las pruebas de imagen a través de resonancias magnéticas detectaron que la zona del estriado dorsal, el área cerebral vinculada con la recompensa y la motivación de aquellos niños que consumían productos ultraprocesados con más frecuencia, presentaba mayor actividad al contemplar las imágenes de ese tipo de productos.De igual modo, el equipo constató al cabo de ese año de observación que quienes habían ingerido más productos de esta clase habían aumentado todos los parámetros observados. Una cuestión que para la responsable principal del estudio «brinda información sobre las bases neurobiológicas mediante las cuales estos alimentos pueden estar vinculados a la composición corporal a lo largo del tiempo».El obstáculo económico en el acceso a una alimentación saludableComo hemos señalado previamente, se trata de un estudio de carácter observacional, por lo que no se puede inferir una relación directa entre el consumo de productos ultraprocesados y modificaciones en la actividad cerebral. De igual modo, tampoco se puede concluir que esa mayor respuesta cerebral sea el impulso definitivo para que los niños consuman en mayor medida ese tipo de alimentos.La idea del equipo de la USC se centra ahora en continuar con el trabajo iniciado a través de un estudio de intervención en el que se suministrará a los más jóvenes de la casa una dieta basada en productos minimamente procesados de cara a revisar si existen modificaciones tanto en sus respuestas cerebrales como en su composición corporal.A la espera de esa investigación, la propia doctora Kathleen A. Page reconoce la complejidad de modificar los hábitos actuales de consumo de la sociedad debido, en parte, al incremento de coste de los alimentos más saludables y con menor presencia de todos los aditivos que acompañan a los productos ultraprocesados.