José Luis Moris, policía que viajaba en el tren Iryo accidentado en Urda: «Conseguimos apagar un incendio y empezó la hecatombe. Gente chillando, encerrada y muchos hierros y asientos»

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El fatal accidente ferroviario de Urda ha supuesto una tragedia que ha sacudido España por completo. Desde el primer momento que empezaron a llegar noticias de lo sucedido y, sobre todo, desde que se empezó a poner magnitud al desastre, a toda la ciudadanía le recorrió por el cuerpo una sensación desagradable. Desagradable, pero familiar. Y es que Urda volvía a rescatar fantasmas de un pasado muy reciente. Tan reciente que nueve meses después del accidente en Adamuz aún no hay ni causas oficiales ni responsables señalados. Un resultado que, muy probablemente, también se repetirá. Quienes sin duda tardarán mucho tiempo en escapar de sus fantasmas, de los provocados por la tragedia que han visto y vivido, son las personas que pudieron salir de entre los hierros de los trenes AVE e Iryo que colisionaron en el punto kilométrico 118 de la ruta ferroviaria que une Madrid con Andalucía. Y aún así deberán darle gracias a la vida porque esas secuelas son la mayor prueba de que siguen en este mundo para contarlo, ya que otras familias no han tenido esa 'desgraciada suerte'. Una de esas personas es José Luis Moris. Este sevillano es policía nacional destinado en Madrid, a donde viaja de manera frecuente para poder desempeñar sus labores profesionales. Y cuando estas no le atan, regresa a Andalucía para reencontrarse con su mujer y con su hija recién nacida, a quienes seguro que no ha parado de abrazarse en los últimos días, valorando los inmensos tesoros que tiene. Su familia es uno. Y su vida es otro. Aunque en su memoria llevará para siempre la pesada de carga de una vivencia terrible que recordaba así en declaraciones a 'Canal Sur'. José Luis viajaba en el tren Iryo que fue embestido minutos antes de las 09:00 horas de la mañana por un AVE. Tras el brutal impacto, comprobó que más allá de los golpes se encontraba bien. Sin embargo, tardó escasos segundos en darse cuenta del desastre que acaba de originarse a su alrededor. Como reza la vocación de servicio público que lleva intrínseca su profesión, se puso a ayudar desde el primer minuto para intentar salvar al mayor número de personas posibles. Lo primero que hizo fue extinguir un fuego que se había originado cerca de él. Unas llamas que fueron la entrada al infierno. «Conseguimos apagarlo y a partir de ahí ya empieza la hecatombe». Lo que José Luis vio instantes después de aquello es difícil que una mente humana lo soporte. «Gente chillando, gente encerrada, muchos hierros, asientos...». La destrucción más absoluta. Y la impotencia de ver como entre las manos se iban escapando vidas e iban quedando cuerpo desmembrados. «Los que estábamos allí intentamos sacar a los que pudimos». Para José Luis, y para tantos otros héroes anónimos que una vez más en la tragedia han vuelto a demostrar la grandeza del pueblo español, esa que antaño demostraba el sistema ferroviario nacional por todo el mundo, había una estoica batalla que lidiar. Haciendo gala de un flemático carácter, consiguió rescatar a un joven que suplicaba por su vida. «El primero fue un chico que estaba casi fuera. Es verdad que tenía mucho material encima, pero parecía que estaba bien». Seguro que José Luis se hizo policía nacional para actos como este, pero no para días como aquel 28 de octubre que ya jamás olvidará. Sin embargo, lo peor estaba por venir. «Mientras lo estábamos sacando, escuchamos desde abajo, porque estábamos apoyados sobre unos asientos, unos gritos. Resulta que había ahí otro varón abajo que estaba...». Fue esa imagen la que se ha quedado grabada a fuego en su memoria. Una memoria que, como los heridos que han conseguido sobrevivir, también tendrá que cicatrizar. O, al menos, intentarlo. José Luis explicaba así su situación personal para mostrar cómo la desgracia se cuela a veces en la cotidianeidad. O cómo los responsables de este tipo de desastres hacen de la cotidianeidad de millones de personas una ruleta rusa a vida o muerte. Pasó ese día, pero ahora sabemos que podría haber pasado cualquier otro. Y que las promesas de que no vuelva a pasar serán más vacías que la lista de futuros culpables. «Trabajo en Madrid, pero tengo a familia aquí. Tengo a mis padres, a mi mujer, a mi hija recién nacida y es el tramo que hago habitualmente. Voy a trabajar y vuelvo a casa para estar con ella», decía de sus viajes entre Madrid y Sevilla. Porque para muchas personas, accidentes como este han supuesto la distancia que hay entre el trabajo y la familia. Para otros, la boda de una hija. O incluso simplemente un regalo que disfrutar en pareja. Por último, no sin romperse en mil pedazos, José Luis mandaba un mensaje de condolencias a todos aquellos que han tenido mucha menos suerte que él y para los que Urda ha supuesto el final de un camino sin culpables ni responsabilidades por el momento. «Mucha fuerza a todas las familias de la gente que está desaparecida, que están heridos o que han fallecido». Hasta el momento, la cifra de fallecidos se mantiene en esos 69 provisionales que han venido dando las autoridades de Castilla-La Mancha. Ya han sido identificadas 56 víctimas, todas ellas de nacionalidad española menos dos (una portuguesa y una francesa). Y 13 restan aún por identificarse, todas de nacionalidad extranjera.