Dario Amodei, jefe de Anthropic, avisa de que las empresas de IA podrían «lavar el cerebro a su enorme base de usuarios»

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El poder de una empresa de inteligencia artificial no depende únicamente de la potencia de sus ordenadores. También importa cuántas personas conversan con sus productos y qué lugar ocupan esas conversaciones en su vida. Dario Amodei sitúa ahí un riesgo de influencia política y social en su ensayo The Adolescence of Technology, publicado en enero de 2026.El consejero delegado de Anthropic advierte de que las compañías podrían utilizar sus productos de IA para «lavar el cerebro a su enorme base de usuarios». La frase formula una hipótesis sobre el abuso de poder empresarial. No es una confesión de que Anthropic haya realizado esa práctica ni una prueba de que los asistentes puedan imponer cualquier creencia a cualquier persona.Amodei señala que estas empresas reúnen centros de datos, conocimiento especializado y contacto frecuente con millones de usuarios. En su planteamiento, esa combinación merece escrutinio público. La cuestión central es quién controla una herramienta capaz de elaborar argumentos y acompañar decisiones personales, y qué límites existen para impedir que ese contacto se convierta en propaganda encubierta.La persuasión puede medirse, con límitesHay investigación experimental sobre una parte del problema. En abril de 2024, Anthropic publicó una evaluación que comparó argumentos redactados por personas con los generados por varias generaciones de Claude. El estudio contó con 3.832 participantes y utilizó asuntos sobre los que era menos probable que existieran posiciones muy polarizadas. Su alcance es distinto del de los riesgos de privacidad, aunque ambas cuestiones se encuentren cuando un servicio conoce información personal.Los participantes indicaban su grado de acuerdo antes y después de leer un argumento. La compañía encontró que Claude 3 Opus lograba resultados de persuasión sin diferencias estadísticamente significativas respecto a los textos humanos de la prueba. El experimento evaluaba exposiciones puntuales, en inglés, y no demostró cambios duraderos de conducta. Tampoco midió una campaña prolongada basada en el uso de información personal de cada usuario.Esos límites impiden convertir una medición de cambios de opinión en un diagnóstico de control mental. También permiten identificar una tarea más concreta: evaluar qué argumentos cambian opiniones, en qué personas, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones. Que un texto resulte convincente no dice por sí solo si es verdadero ni si quien lo presenta está revelando sus objetivos.Qué ocurre cuando la influencia se organizaUn informe de Anthropic de septiembre de 2026 ofrece otra clase de evidencia: la empresa afirma haber detectado y desmantelado operaciones que usaban Claude para producir contenido político engañoso. Uno de los casos descritos incluía cerca de setenta webs de noticias falsas y cuentas asociadas. Según la investigación de la compañía, el contenido tuvo poca interacción observable fuera de la propia red. Rastrear la circulación de información exige más que buscar datos en Google.La compañía atribuyó esa operación a una agencia comercial y explicó que los contenidos cambiaban de orientación según el cliente. La existencia de una operación no demuestra que alcanzara a una audiencia significativa o modificara votos. La distinción entre capacidad, uso e impacto evita exagerar los resultados, igual que ocurre cuando se estudia el tratamiento de datos especialmente sensibles en otros servicios.La Comisión Europea incluye entre las prácticas prohibidas por el reglamento de inteligencia artificial determinadas formas perjudiciales de manipulación, engaño y explotación de vulnerabilidades. No toda persuasión entra en esa categoría: informar, argumentar o recomendar no equivale automáticamente a manipular. El aviso de Amodei plantea dónde fijar límites al poder de quienes diseñan el sistema y mantienen la relación con sus usuarios, antes de que una capacidad de influencia se utilice sin transparencia ni control.