En la intersección entre la cultura del gimnasio, el 'biohacking' y las redes sociales ha germinado otro mercado multimillonario levantado sobre promesas de eterna juventud y curaciones milagrosas. En el centro de este fenómeno se encuentran un grupo de péptidos experimentales , cadenas cortas de aminoácidos que actúan como mensajeros celulares para acelerar la recuperación de lesiones, ganar músculo o quemar grasa. Sin embargo, lo que hasta ahora era una práctica de nicho —restringida al mundo del 'fitness' o el culturismo— ha saltado directamente al debate público en Estados Unidos mediante un controvertido atajo político: la decisión del Gobierno de abrir la puerta a su distribución legal esquivando el filtro de los ensayos clínicos. La maniobra lleva la firma de Robert F. Kennedy Jr. , Secretario de Salud y Servicios Humanos y usuario declarado de estas sustancias. Kennedy ha abanderado una cruzada personal para desregular compuestos como el BPC-157 o el TB-500 , prometiendo hacerlos accesibles al público blandiendo el argumento de su potencial terapéutico. «Soy un gran admirador de los péptidos», aseguró Kennedy al 'podcaster' Joe Rogan el pasado febrero. «Yo mismo los he usado». Rogan ha usado su potente altavoz para hablar de las bondades de la inyección conjunta de BPC-157 y TB-500, conocidos conjuntamente como la «combinación Lobezno» o 'Wolverine stack', en referencia al superhéroe de Marvel, capaz de regenerar rápidamente sus heridas. Para abrir el camino a todo esto, RFK Jr. ha pasado por encima del criterio técnico de las agencias de salud abriendo una peligrosa brecha entre la gestión regulatoria y la evidencia científica sólida. Este choque institucional alcanzó su punto álgido a finales de julio, durante la reunión del Comité Asesor de Formulación Farmacéutica (PCAC) de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA). Los científicos de carrera de la agencia habían recomendado por unanimidad mantener el bloqueo sobre siete de estos péptidos debido a la ausencia total de datos sobre su seguridad y toxicidad en humanos. Sin embargo, la votación dio un vuelco inédito cuando el comité, remodelado semanas antes por Kennedy con miembros afines a su agenda y vínculos en la industria, ignoró la advertencia técnica y aprobó permitir la formulación legal de seis de los siete compuestos. Para justificar su voto afirmativo, los nuevos panelistas argumentaron que, como no estaban votando para aprobar un medicamento no tenían que considerar la falta de datos clínicos sólidos. Todas las votaciones fueron controvertidas : el comité votó 8-6 a favor de añadir BPC-157 a la lista para el tratamiento de la colitis ulcerosa, KPV para la cicatrización de heridas y afecciones inflamatorias, y TB-500 para la cicatrización de heridas. También votó 7-5 a favor de añadir MOTS-c a la lista para la obesidad y la osteoporosis y 7-4 a favor de añadir epitalon a la lista para el insomnio o semax para las migrañas. Por último, aprobaron el uso de este último péptido para afecciones neurológicas como la isquemia cerebral o la neuralgia del trigémino. Los panelistas disidentes fueron en su mayoría médicos de instituciones académicas y representantes de pacientes. Este movimiento político revierte la decisión que la propia FDA había tomado a finales de 2023, cuando relegó 19 de estos péptidos a la llamada «Categoría 2», una lista de sustancias prohibidas para las farmacias de formulación magistral por el riesgo explícito de impurezas, respuestas inmunitarias graves y falta de ensayos en personas. El BPC-157, el más mediático de todos y promocionado para sanar tendones o problemas intestinales, sostiene su fama casi exclusivamente en experimentos con roedores y en un viejo resumen de congreso que jamás llegó a publicarse como estudio formal. «La prioridad de las agencias debe ser evitar que preparados sin garantías lleguen al consumidor sin control, garantizando unos mínimos de seguridad en su uso y fabricación», señala a este diario María Macías, investigadora en biología estructural en el Institut de Recerca Biomèdica (IRB) de Barcelona. La científica, cuyo laboratorio caracteriza péptidos con actividad farmacológica en colaboración con empresas del sector, advierte sobre los peligros de recorrer el camino inverso al desarrollo de medicamentos tradicionales. «Antes incluso de abordar la estandarización de la calidad o pureza del producto, es imprescindible exigir estudios previos de tolerancia, toxicidad y un balance beneficio-riesgo fundamentado», enfatiza. La decisión ha sembrado una profunda confusión entre los consumidores. La inclusión de un compuesto en la lista de formulación permitida (el canal 503A, que capacita a los farmacéuticos a elaborar el preparado con receta) no equivale a una aprobación oficial de la FDA . Es un trámite burocrático que no valida la eficacia del producto ni garantiza su seguridad a largo plazo. En la práctica, siguen siendo sustancias no aprobadas, aunque comercializadas como si lo estuvieran. Mientras las farmacias adaptan los procesos legales, millones de usuarios continúan abasteciéndose en el mercado gris de internet, donde los viales se comercializan bajo la argucia legal de «solo para investigación» . Los análisis independientes de estos frascos dibujan un escenario crítico de salud pública: muestras contaminadas con bacterias capaces de desencadenar sepsis, residuos de metales pesados derivados del proceso de síntesis y dosis reales que distan enormemente de lo anunciado en el etiquetado. «En este momento hay más fama en el gimnasio, en el boca a boca. No son legales, por lo que vete a saber lo que lleva mezclado o si lleva más cosas que puedan ser perjudiciales», explica Álex Yáñez de la Cal, experto en nutrición y rendimiento deportivo. Aunque su perfil está más enfocado a tratar pacientes con patologías, el especialista confirma el uso masivo de estos productos en ámbitos de musculación y rendimiento. «Para la FDA como para las agencias del medicamento en España o Europa es complicado validar este tipo de péptidos porque requieren de muchos estudios de seguridad y esto al final se demora años», apunta. Incluso si funcionaran, el principal problema de saltarse los ensayos clínicos es la ignorancia sobre las consecuencias de estas moléculas sobre la seguridad del paciente. Al actuar como aceleradores biológicos, su capacidad para estimular el crecimiento celular no se limita exclusivamente al tejido dañado que el usuario pretende reparar. «Cuando hablan de regeneración de tejidos», advierte Yáñez citando una de las formulaciones propuestas por la FDA, «para mí lo hacen pensando en un efecto anabólico: si sirve para regenerar los tejidos, cuando nos hacemos daño entrenando nos recuperaremos antes». El experto alerta sobre los efectos secundarios invisibles que no aparecen en los vídeos de los 'influencers de fitness', los principales propagandistas de los péptidos: «Estos compuestos son muy perjudiciales a largo plazo porque favorecen que crezcan otros tejidos. Si estamos recuperando fibras musculares, puede ser que crezcan también las fibras del corazón y el paciente acabe teniendo una bradicardia por un aumento del tamaño cardíaco, o puede haber crecimiento de células cancerígenas. Es muy arriesgado». Para blindar la imagen de estos productos experimentales, sus defensores recurren con frecuencia a equipararlos con el éxito de otros péptidos: los fármacos para la diabetes y la obesidad de última generación , como la semaglutida, basada en un péptido agonista del receptor GLP-1. Sin embargo, la comunidad científica denuncia que se trata de una estrategia de 'marketing' para confundir al público y esquivar los controles sanitarios. «Claramente no se trata de lo mismo y, en efecto, puede responder a una confusión deliberada», asevera la investigadora María Macías desde el IRB de Barcelona. «Los análogos de GLP-1 han superado todas las fases del desarrollo farmacéutico y ensayos clínicos rigurosos exigidos por las agencias reguladoras, se prescriben con indicaciones claras y cuentan con supervisión médica. En cambio, en el caso de estos otros péptidos no aprobados, recurrir al término 'suplemento' parece una estrategia para eludir controles sanitarios más exigentes», concluye. Por mucho que la política acelere los trámites en los despachos, la ciencia recuerda que no existen los atajos. A menos, claro está, que otorguemos al consumidor el papel de cobaya.