La investigación sobre el incidente de hacking a Hugging Face por parte de OpenAI sobre el que escribí el pasado 24 de julio está adquiriendo tintes cada vez más peliculeros y más graves cuanto más es investigado. Resulta que no es que OpenAI descubriese de pronto a un agente rebelde que había encontrado una puerta, sino que la compañía lanzó deliberadamente decenas de miles de ejecuciones con el fin de poner a prueba sus capacidades ofensivas, y lo que no esperaba era que esas ejecuciones, en principio aisladas, descubrieran cómo comunicarse, cómo acumular conocimiento, y cómo atacar un sistema real con más de 1,200 agentes a la vez. Hablamos de una infraestructura experimental generada por una organización para atacar a otra, de una auténtica irresponsabilidad a todos los niveles. Un informe independiente de METR y Redwood Research explica que OpenAI lanzó decenas de miles de agentes de varios modelos dentro de ExploitGym, que aproximadamente 1,200 de ellos encontraron el canal clandestino, intercambiaron más de 70,000 mensajes y archivos, y unos 700 participaron de alguna manera en la intrusión. Hay que señalar que en este contexto, «agente» significa una ejecución o rollout del modelo dentro de un entorno con herramientas, no 1,200 inteligencias persistentes que se crearon o replicaron solas.La coordinación no precisó de ninguna plataforma multiagente sofisticada: simplemente, los entornos tenían acceso a una instancia compartida de JFrog Artifactory para instalar paquetes que no aislaba completamente la actividad de unos usuarios respecto de otros, lo que posibilitó que los agentes se dejasen notas codificadas en nombres de directorios. Lo que parecía una simple caché de paquetes se convirtió en un tablón persistente: cada nueva ejecución podía leer hallazgos anteriores, dejar resultados, solicitar ayuda y continuar trabajos que otros habían abandonado. Según la explicación de OpenAI, cuya credibilidad empieza a parecerse ya a la de Meta, el sistema terminó incluyendo mensajes directos, archivos, reparto de funciones, coordinadores, reglas de espera, vetos y sucesores de agentes ya terminados. No hubo una supuesta «mente colmena» coherente, sino algo más inquietante: una coordinación espontánea suficiente. Los agentes chocaban entre sí, duplicaban esfuerzos e ignoraban ocasionalmente las órdenes de otros, pero también se dividieron el trabajo: unos buscaban credenciales, otros investigaban vulnerabilidades, otros probaban técnicas de evasión y algunos actuaban como coordinadores. Cuando uno consiguió ejecutar código en Hugging Face, cientos abandonaron sus tareas originales y se incorporaron a esa línea de trabajo. No hace falta una inteligencia colectiva perfecta: basta con memoria compartida, paralelización y que cada éxito pueda ser reutilizado. ¿Inquietante? No, lo siguiente. Estamos ya en el momento en que un regulador razonable tomaría acciones contra OpenAI que le impidiesen seguir haciendo lo que hace. Pero no, no ocurrirá nada. El ataque proviene, en realidad, de una combinación compleja de incentivos: por un lado, tareas propuestas en ExploitGym con agentes entrenados para perseverar y maximizar la recompensa que comenzaron buscando las respuestas, después intentando engañar al evaluador y finalmente manipulando toda la infraestructura que rodeaba al experimento. Una forma claramente extrema de reward hacking: no se trata de cumplir la tarea prevista, sino de encontrar cualquier mecanismo que permita obtener la recompensa. Lógicamente, esto dio lugar a una enorme escalada de recursos, que no pasó inadvertida: estaba autorizada y formaba parte del irresponsable experimento. El proceso experimental del que surgió el ataque necesitó, según JFrog, unos tres millones de horas de GPU. OpenAI estaba llevando a cabo lo que consideraba una prueba gigantesca y sumamente cara, y por eso, en ese contexto, la escalada de consumo de recursos no activó las alarmas. O en realidad, sí activó algunas, pero en OpenAI se limitaron a no hacerles ni maldito caso e incluso a reconstruir los servicios que, por volumen de actividad, habían caído. No faltaron señales: faltó relacionarlas, escalarlas y reconocer que formaban parte de un mismo fenómeno. No faltaron alarmas: faltó entenderlas. Irresponsabilidad en estado puro. En Hugging Face, el daño fue serio y material. En menos de trece horas pasaron de ejecutar código en un trabajador, a obtener acceso de nivel administrativo o de anfitrión en varios clusters. La nota original de Hugging Face ya hablaba de más de 17,000 eventos registrados, pero todavía no tenían ni idea de qué modelos estaban detrás. OpenAI se está dedicando a tirar balones fuera diciendo que otros modelos, como los abiertos y los chinos, pronto tendrán capacidades similares, pero el incidente fue protagonizado por modelos cerrados de OpenAI, dentro de una infraestructura controlada por OpenAI y como consecuencia de decisiones de OpenAI sobre entrenamiento, permisos, volumen y supervisión. Para terminar de fastidiar, Hugging Face explica que tuvo que utilizar un modelo abierto ejecutado localmente para investigar el ataque, porque las salvaguardas de los modelos comerciales bloqueaban las consultas forenses. La variable decisiva no es que un modelo sea abierto o cerrado, sino qué capacidades tiene, qué herramientas recibe, con qué permisos opera y quién responde por sus acciones. Y en este caso, sólo hay un responsable. O mejor dicho: un irresponsable. El verdadero escándalo no es que los agentes aprendieran a colaborar, sino que OpenAI construyera un entorno en el que la colaboración clandestina podía confundirse durante semanas con el funcionamiento normal de un experimento, incluso después de producir alertas, accesos no autorizados y una caída completa del servicio. No, esto no es una historia sobre «máquinas que despiertan», sino sobre organizaciones que gestionan agentes sobrehumanamente rápidos mediante procedimientos, permisos y cadenas de responsabilidad diseñados para personas. Una historia sobre cómo gastar tres millones de horas de GPU para perder el control sobre lo que se hace. Una historia sobre monos con metralletas. Y este tipo de historias ya sabemos todos cómo acaban.