En los años 60, la Unión Soviética desvió los dos ríos que alimentaban el Mar de Aral, en Asia Central, para regar campos de algodón en pleno desierto. El lago perdió más del 90% de su superficie y dejó atrás uno de los desiertos más jóvenes del planeta, cubierto de sal y de residuos de pesticidas. Décadas después, Uzbekistán encontró una forma de contener ese desierto: sembrarlo con un arbusto que necesita casi nada de agua para sobrevivir