Estudiar la evolución biológica de determinadas especies a partir de simples muestras fósiles no es una tarea sencilla. Son muchos los años de investigación en esa rama de la ciencia, durante algunos de ellos con unos métodos de observación y análisis que han ido evolucionando y que, hoy en día, permiten incluso descubrir que algunas de las clasificaciones previas pueden no ser todo lo correctas que los investigadores originales habrían querido.Es el caso del Tesnusocaris goldichi, una especie estudiada cuarenta años atrás a partir de unos restos fósiles aparecidos en el estado de Texas, Estados Unidos. Por la zona y el resto de ejemplares hallados en el yacimiento, se consideró que se trataba de un crustáceo primitivo que había habitado la Tierra 324 millones de años atrás, que podía estar emparentado con nuestros actuales cangrejos y camarones. Sin embargo, una nueva investigación ha permitido estudiar con más detalles aquellos restos y ha hecho cambiar por completo esa clasificación original.Luz polarizada para resolver un error de cuatro décadas Detalles de las imágenes que han permitido reordenar la familia de los restos fósiles en cuestión - Tihelka et al., Nature , 2026Hallado en 1985, el fósil en cuestión se clasificó como un joven crustáceo marino debido a su mala visibilidad, apenas una marca oscura sobre roca también de tonalidad apagada. Ahora, un equipo internacional de investigadores científicos ha revisado aquellos restos con técnicas de observación más modernas y potentes, lo que les ha permitido determinar que aquel fósil, en realidad, pertenece a una especie completamente nueva de insecto, a la que han bautizado como Chosha praecursor.El estudio, publicado en Nature y del que se hace eco Science Alert, muestra cómo las nuevas pruebas efectuadas sobre el fósil con herramientas de visualización precisa han logrado determinar que el espécimen en cuestión contaba con una morfología que lo asemeja más a los insectos hexápodos que a los crustáceos. El equipo responsable de esta nueva investigación aplicó fotografía con luz de polarización cruzada, con la que logró eliminar el brillo de la roca y aislar detalles anatómicos diminutos del fósil.24 extremidades y una vida anfibia previa a la evolución posterior Aspecto de los restos fósiles bajo la luz de polarización cruzada - Tihelka et al., Nature , 2026Chosha praecursor conservaba las tres parejas de patas situadas en el tórax que caracterizan a los insectos, pero también tenía nueve pares adicionales de apéndices en el abdomen. En total, el animal contaba con 24 extremidades en forma de remo en su abdomen. Ningún insecto actual presenta una anatomía semejante. Los apéndices abdominales de Chosha estaban además segmentados y algunos de los situados hacia la parte posterior tenían modificaciones con forma de pala.Los propios investigadores aclaran en su publicación que ese hallazgo permite restablecer la clasificación biológica de estos restos hasta encuadrarlo en el grupo de los insectos: «Nuestra reconstrucción filogenética sitúa a C. praecursor como un hexápodo, lo que favorece en gran medida su clasificación como un insecto de divergencia temprana».La clave de la transición del agua a la tierraEl hecho de observar esos pares de patas adicionales con una morfología tan característica lleva además a los científicos inmersos en este estudio a acotar un detalle adicional sobre el origen de estas especies; la transición mar-tierra de los insectos no fue abrupta ni 100% terrestre desde el inicio, sino que algunas especies tempranas eran anfibias y vivían en zonas costeras y humedales, aspecto que explica que presenten combinaciones de características asociadas con los primeros insectos y otras que recuerdan a los crustáceos acuáticos.Gracias al empleo de estas técnicas de análisis avanzadas, aquel espécimen que durante cuatro décadas permaneció clasificado bajo una etiqueta errónea se ha convertido en una pieza fundamental para comprender cómo evolucionaron estas especies. Hace 324 millones de años, los antepasados de los insectos aún se servían de 24 patas y mantenían la capacidad de desenvolverse en el agua, ofreciendo la prueba final de su transición antes de que sus descendientes adoptaran de forma definitiva la anatomía de seis patas que hoy domina el planeta.