El robo del tesoro expuesto en el museo de Villena ha causado desolación en esta localidad alicantina y una gran preocupación entre los responsables de museos locales. España se caracteriza por una gran riqueza arqueológica, con un patrimonio histórico de tal magnitud que no permite abarcarlo en su integridad para su debido mantenimiento, sobre todo el patrimonio arquitectónico. Esta riqueza cultural se une al deseo de muchas localidades de exhibir sus bienes arqueológicos en museos propios, fuera del circuito de los grandes museos estatales o autonómicos. Una aspiración legítima, sin duda, que conlleva una paralela necesidad de implantar sistemas de seguridad a la altura del valor histórico y económico de los tesoros expuestos. El tesoro de Villena está compuesto por un alto número de piezas de oro, creadas en torno al año 1000 antes de Cristo, hallado en 1963 y declarado bien de interés cultural por un decreto del Gobierno valenciano en 2005. Se consideraba una de las grandes colecciones europeas de la Edad del Bronce. Por tanto, no se limitaba solo a piezas de valor local, sino que representaban la expresión de una cultura milenaria y una fuente de conocimiento de máxima importancia. El grupo de ladrones que robó el tesoro de Villena en la madrugada del pasado jueves lo hizo con una planificación perfecta: generó una alarma en el polideportivo de la ciudad como señuelo para la Policía y en cuatro minutos despojó al museo de su más valiosa colección. No ha sido el único caso de robo en un museo español en este año. En abril, un grupo de ladrones robó el tesoro de Villanueva de la Serena, en el museo de Badajoz; y otro, en julio, sustrajo del museo de Albacete una importante colección de monedas del siglo XIX. Estos actos delictivos coinciden con el informe de Europol que alerta de las actividades de grupos criminales cuyo objetivo es el robo de oro y joyas. El oro se ha convertido en un valor refugio por lo que los expertos temen que el destino de las piezas robadas no sea tanto un mercado de venta clandestino, sino su fundición. En estas condiciones de profesionalidad y reiteración de los grupos de ladrones, es necesario que las administraciones públicas estatales y autonómicas, hagan una revisión integral de la normativa vigente sobre museos –la estatal data de los años ochenta– y de sus sistemas de seguridad. La protección de tesoros museísticos no puede limitarse a medidas estáticas –cofres, cámaras blindadas–, que, como se ha visto, son eludibles por bandas profesionales, sino que requieren mecanismos dinámicos de evaluación de la seguridad y de su permanente actualización, con alertas anticipadas y presencia física de vigilantes habilitados. Y aun así, como sucedió en el Louvre, el riesgo cero no existe. El museo de Villena es local, pero el robo que ha sufrido, precedido por los robos en Badajoz y en Albacete, representa un problema de interés general. Más allá de cuestiones competenciales, políticamente es indudable que el Ministerio de Cultura ha de tomar alguna iniciativa en cooperación con las comunidades autónomas. Hasta el momento, el ministro Ernest Urtasun , tan activo en redes sociales para comentar cualquier asunto, no ha considerado oportuno mostrar públicamente su opinión sobre esta cadena de robos que agreden al patrimonio histórico de España, cualquiera que sea su localización y su adscripción jurídica a una u otra administración pública.