Una de las escenas más reveladoras de la educación actual ocurre frente a una pantalla. Un niño o un adolescente pide a una inteligencia artificial que le resuma un libro, le ordene los apuntes para un examen o le explique en pocos segundos aquello que no ha entendido en clase. Lo que parece una anécdota marginal es, realmente, una señal de hasta qué punto está cambiando la forma de aprender. Según datos de Eurostat, seis de cada diez jóvenes españoles ya utilizan la inteligencia artificial con fines educativos y España lidera su adopción en la Unión Europea . La respuesta inmediata, por tanto, se ha instalado ya en la vida escolar y sería un error mirar este fenómeno solo desde la fascinación o el miedo. La cuestión de fondo es otra: ¿cómo acompañar a un niño o a un adolescente que va a crecer en un mundo donde cada vez será más fácil obtener una respuesta y más difícil construir un criterio propio? En la era de las herramientas inteligentes, no basta con enseñar a usarlas. Hay que educar las capacidades que permitan utilizarlas bien. La inteligencia artificial puede ordenar información, sugerir caminos o acelerar tareas, convirtiéndose en una extraordinaria compañera de estudios, pero no puede sustituir la experiencia de pensar, el esfuerzo de comprender o la responsabilidad de decidir. Tampoco puede reemplazar la mirada de un docente que detecta una dificultad a tiempo, que reconoce un talento antes de que el propio alumno lo vea o que crea en el aula un clima de confianza. Aquí es donde la educación emocional deja de ser un complemento y se convierte en una condición protagonista en el proceso de aprendizaje. Ahora más que nunca, educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, supone ayudar a cada alumno a comprender lo que siente, a tomar decisiones, a conocerse, a regular sus impulsos, a tolerar la frustración, a escuchar al otro, a colaborar o a ser creativo. Son aprendizajes menos visibles que una nota, pero sostienen todo lo demás, y la niñez y la adolescencia son etapas clave. Por ello, los centros educativos tienen hoy el desafío de proteger la base del aprendizaje en una cultura que premia la inmediatez. Y eso exige integrar de forma estable el desarrollo emocional, social y creativo en la vida cotidiana de las aulas. No como actividades aisladas, sino mediante programas que acompañen a docentes y familias, fortalezcan los vínculos, cuiden el bienestar de quienes educan y generen comunidades escolares más cohesionadas. En ese proceso, nada mejor que las artes, a través de recursos como la música, la literatura o el teatro, para potenciar en niños y jóvenes todo su talento y creatividad, ayudándoles en buena medidas a ser autónomos, competentes, solidarios y felices. Nuestra experiencia en más de mil centros de enseñanza confirma que este enfoque tiene un impacto muy positivo. Así lo muestra también la evaluación más reciente, realizada en 2023 por el laboratorio de emociones de la Universidad de Málaga, que constató que los alumnos que participan en estos programas mejoran de forma significativa su inteligencia emocional, fortaleciendo su capacidad para percibir, comprender y gestionar sus emociones. Sus conclusiones refuerzan, además, hallazgos previos que ya nos apuntaban avances en autoconocimiento emocional (más 8 por ciento) y en empatía y actitudes prosociales (más 6 por ciento), con efectos positivos en general en el clima escolar. La tecnología seguirá avanzando, y debemos aprovecharla con ambición y sentido crítico, pero cuanto más sofisticadas sean las herramientas, más importante será enseñar a quienes van a utilizarlas, porque eso es, realmente, lo que entendemos por educación responsable.