Cuánto septiembre se nos viene encima

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A la búsqueda de una imagen para el día de hoy, el último del mes de agosto, no encontraremos muchas que lo contengan mejor que la escena final de 'Las vacaciones de M. Hulot', esa increíble obra maestra de Jacques Tati. El plano general de una playa silenciosa y vacía tras muchos días de bullicio y dislates es el reflejo perfecto para transmitir un estado de ánimo que contamina hoy a tantísimos. Es inevitable hacerse a la idea de que tenemos que prescindir ya de agosto y de que hay que enfrentarse al mes de septiembre, tan peculiar. Llega septiembre y es natural verse invadido por un vago sentimiento de melancolía, se acaba el verano, dura menos la luz de los días y se tiene la sensación de curso concluido y de que empieza uno nuevo. Es casi como una premonición de 1 de enero y nueva lista de propósitos que habría que cumplir: se estrena libreta. Y se mastica una cierta inestabilidad emocional entre el placer de lo hecho y la ilusión por lo que aún hay que hacer. Septiembre conserva su huella etimológica de aquel primer calendario romano, cuando sólo había diez meses y septiembre era el séptimo. Luego llegó Julio Cesar y su calendario juliano que ajustó el ciclo solar con dos meses más, enero y febrero, pero septiembre ha conservado por los siglos su equívoco número y nombre. Aunque no es eso lo que hace especial a septiembre (octubre, noviembre y diciembre también lo conservaron); lo que hace especial a septiembre es que nos trae sensación de tristeza envuelta en motivos de alegría, al menos para los adultos: vuelven los chiquillos al colegio y se mitigan los calores nocturnos. Y hay más motivos de alegría, como que empiezan a desaparecer (algo) los calzones cortos y las chancletas del paisaje, y el sudor volverá a estar mal visto. Envoltorios que se agradecen, claro, pero que no empañan del todo ese vacío interior que apunta el fin de agosto. Hay mucho Chejov y mucho Bergman en septiembre; hay mucha astenia otoñal que se avecina en cada uno de los minutos de luz que cada día nos irá robando disimuladamente. Y hay, por supuesto, mucho Woody Allen, que intentó contar todo esto y mucho más en una película titulada precisamente 'Septiembre', una pieza de cámara que respira Chejov y Bergman por cada uno de sus poros. Los personajes, el modo en que hablan y se mueven, los sentimientos, la atmósfera, el estado de ánimo de los planos y de la fotografía de Carlo Di Palma…, todo, cabe en el interior de este día, o de mañana mismo. Título insólito en la filmografía de Woody Allen, en la que siempre ha buscado romper la seriedad, la solemnidad, con una frase ingeniosa y cómica… Hay libros enteros escritos con los chistes en sus diálogos… En 'Septiembre' nadie encontrará ninguno, no hay más líquido corrosivo que el whisky y la amargura que contienen los personajes en esa casa de campo estancada y crepuscular en el declive del verano. Además de todo el caudal de pesadumbres y soledades que vierte esta película, algo así como una sonata justo antes de otoño, Woody Allen introduce en ella un tremendo fleco de historia real: La protagonista, Lane, a la que encarna con su tristísima dulzura Mia Farrow, interpreta veladamente a la hija de Lana Turner (Cheryl Crane, en la realidad), que apuñaló de muerte al gánster Johnny Stompanato, amante de su madre y violento maltratador, y arrastra el peso de todas sus frustraciones. Y ahora, cómo ponemos de acuerdo todo esto: la escena final de 'Las vacaciones de M. Hulot', el sorbo más amargo que nos ha hecho tragar Woody Allen, que se acaba agosto, que a la vuelta está septiembre, que hay que vaciar la maleta y llenar la nevera.