El plan parecía razonable en 1979: si una isla japonesa tenía un problema con víboras venenosas, bastaba con soltar ahí un depredador natural de serpientes. El error, que tardaría casi medio siglo en corregirse, estaba en un detalle de manual de biología que nadie verificó a tiempo: la mangosta caza de día, y la víbora que debía controlar caza de noche