Verbier, el gran laboratorio de las estrellas de la música clásica del mañana

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Lo lógico cuando uno aterriza en Verbier durante el verano es ir a alguno de los conciertos programados por la mañana o por la tarde, pero no. Hemos decidido subir después de cenar, a eso de las 23.00, hasta la pequeña iglesia de esta localidad alpina para ver lo que ocurre allí. Algunos pequeños bultos sobre las espaldas de algunos jóvenes ya nos dan pista sobre lo que podemos encontrarnos. Algunos de ellos, con sus instrumentos, van entrando sigilosamente, otros esperan en la puerta. Son los jóvenes de las orquestas del festival (Verbier Festival Orchestra, Verbier Festival Junior Orchestra y Verbier Festival Chamber Orchestra), que dejan por unas horas el gran formato para tocar en pequeños conjuntos de cámara. Muchas veces es algo improvisado. Aquí todo puede ocurrir. «Me invitaron hace un par de días y solo he tenido unos pocos huecos para prepararme», cuenta el chelista Carlos Vidal Ballester. Fue seleccionado para formar parte de la Academy este verano y solo tiene tiempo para estudiar antes del desayuno porque el resto del día lo ocupan las masterclasses y los ensayos. «Aquí si no acabas el mes reventado es que hay algo que no has hecho bien», cuenta el joven valenciano. Lo cierto es que más allá de la programación, lo más interesante que sucede en este paraíso alpino donde la nieve es cambiada por música en verano está más allá de sus salas. Esto no es ni un ciclo de conciertos ni un conjunto de masterclasses, es un verdadero laboratorio musical, un espacio donde los jóvenes intérpretes se encuentran con maestros, comparten repertorio, ideas y métodos, y desarrollan sus proyectos artísticos. Allí, la música crece porque se comparte. La experiencia parte de la misma forma de convivencia. Aquí los chicos de la Verbier Academy viven juntos en pisos durante el mes de trabajo. El día lo tienen completo desde la mañana hasta la noche con masterclasses, ensayos, también tiempo libre para desconectar. Carlos vive al lado de la parada del teleférico de Verbier. «Vivo con un cantante y un violista. Los cellistas vivimos todos por aquí porque las clases, de hecho, son ahí», dice señalando una de las cabañas más cercanas. Estos jóvenes de la academia también conviven junto con los jóvenes que pertenecen a la Junior Orchestra, que tienen hasta dieciocho años, y la Festival Orchestra. Engstroem fue director artístico de Deutsche Grammophon durante seis años, y firmó a Lang Lang, a Anna Netrebko, y más tarde también a Yuja Wang y Daniel Lozakovich. «Cuando empezó a trabajar en el Verbier Festival esa fue su intención. Quise crear una plataforma donde tengas a las mayores estrellas, pero también a los mayores talentos. Y esto es un poco en lo que se ha convertido. Paso mucho tiempo invitando a directores de orquesta, directores de ópera, managers de artistas, ejecutivos de discográficas a venir a Verbier durante el festival y escuchar a personas que conocen, pero también escuchar a personas que no conocen. Así que realmente mi intención es crear esto, siempre lo llamo el 'Davos de la música', donde realmente puedes enriquecerte antes de irte. Tú como artista, como público, como profesional; no se trata solo de conciertos hermosos, es mucho más», reconocía Martin Engstroem, el fundador y director del festival, durante una entrevista con ABC. Los frutos de estos encuentros, donde han participado en varias ocasiones Mäkelä, Lozakovich o Yunchan Lim desde hace años y de forma conjunta, son patentes. Es habitual ver a estos dos intérpretes ahora junto a la Orquesta de París o la Concertgebouw Orchestra bajo la batuta de Mäkelä en giras. «Aprendes principalmente de los demás como artista. Un artista aprende de otro. Siempre les digo a los estudiantes de música en Verbier: 'Por favor, vayan y escuchen a sus colegas'. Verbier es como una pequeña isla. Puedes caminar a todas partes y todo es gratis. Todos los ensayos son gratis, las clases magistrales también. Aprendes más de tus colegas que de tus profesores», reconoce Engstroem. «Lo que ocurre aquí es inaudito. El otro día, por ejemplo, estaba en una de mis masterclasses y se sentó entre el público Joshua Bell», confesaba asombrado Carlos, aun sin ser consciente de que este brillante violinista fue testigo de su trabajo. Aunque la formación va mucho más allá de los ensayos y los conciertos. Durante las dos semanas que dura la Academia, los jóvenes músicos reciben clases magistrales impartidas por algunas de las grandes figuras de la música clásica, como Janine Jansen, Mischa Maisky o Nikolai Lugansky, entre otros. Lo singular es que estas sesiones, gratuitas y abiertas al público, permiten asistir al proceso creativo de primera mano porque estos artistas detienen la interpretación para pulir un fraseo, corregir la técnica o debatir sobre la intención de una obra. Es habitual además que un mismo artista ofrezca una masterclass por la mañana y esa misma noche actúe en uno de los conciertos principales. Para los estudiantes supone recibir enseñanza directa de figuras que están en la cima de la música clásica, y para el público es una oportunidad poco habitual de presenciar el trabajo entre bastidores de esos grandes intérpretes. La Academia es el corazón de la identidad del Verbier Festival, un laboratorio donde se descubren y moldean los talentos del mañana. Sus programas de alto nivel constituyen un referente en la formación artística y profesional de los solistas, conjuntos, cantantes e ingenieros de sonido emergentes de la actualidad. Tanto los programas de la Academia como la Orquesta del Verbier Festival han sido un rito de iniciación para muchos solistas, cantantes y músicos de orquesta de renombre como Mao Fujita, Daniel Lozakovich, Renaud Capuçon o Sol Gabetta . «Es muy difícil acceder a la Academia. Solo aceptamos a los mejores talentos que somos capaces de encontrar. Cada año recibimos alrededor de 3.000 solicitudes para formar parte de una de nuestras orquestas o de la Academia, así que la competencia para entrar en Verbier es enorme. Del mismo modo, conseguir un contrato para actuar en el festival es algo muy exclusivo y muy difícil», confiesa su fundador. Engstroem lleva toda su vida profesional dedicada a descubrir talentos, a encontrarlos e invertir en músicos jóvenes. «Invertimos en los músicos del futuro para que después puedan volver a Verbier y construir con ellos relaciones duraderas. No hay que olvidar que Kissin llegó aquí con 19 años. Yuja Wang también tenía 19. Trifonov igual. Todos esos artistas vinieron a Verbier siendo muy jóvenes y, desde entonces, regresan prácticamente cada año», añade. Aquí tienen tiempo de estudiar y formarse, pero también de disfrutar de la amistad. Aquí pueden celebrar después de cada concierto, incluso ver los partidos del Mundial de fútbol. La convivencia es esencial para esta experiencia, testigos somos de cómo van juntos después de las clases a Coop, el supermercado que se encuentra de paso hacia sus casas y donde hacen parada obligatoria. «Nos lo pasamos genial. Después de las clases vamos a tomar un café en mi casa. El otro día estábamos celebrando la victoria de España con el Mundial y teníamos al lado a Alexandre Kantlof y a Lucas Debargue. Había que cortarse un poco», cuenta Carlos entre risas. Este joven, que ha pasado por varios festivales y encuentros similares, encuentra la gran diferencia de Verbier con respecto al resto. «Los conciertos. No poder ir a todos los conciertos es seguramente lo que más pena me da. Aquí hay 'conciertazos' día tras día cuando en Múnich, que es dónde vivo, hay dos o tres al año. Es espectacular», confiesa.