Le pidió a una IA que le reservara una clase de gimnasio: hackeó el sistema y echó a otro usuario

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Una tarea tan cotidiana como reservar una clase de gimnasio ha terminado en un ciberataque por culpa de la IA. Un australiano pidió a un agente de inteligencia artificial que hiciera la gestión por él. Sin embargo, el software encontró un fallo en la plataforma de reservas y lo aprovechó para completar el encargo maliciosamente.La IA consiguió apuntarlo con mucha más antelación de la permitida. Después fue todavía más lejos y eliminó de una lista de espera a otro cliente, aunque nadie le había pedido que lo hiciera.De reservar una clase a hackear todo el sistemaEl protagonista es Andrew, un trabajador de una empresa australiana que vende productos de IA. Para automatizar tareas utilizaba OpenClaw, una plataforma para crear agentes capaces de navegar y ejecutar tareas en Internet. Su asistente funcionaba con Claude, el modelo desarrollado por Anthropic. Suscríbete a la newsletter de Andro4allAndew quería apuntarse a una clase matinal que siempre está llena, por lo que dejó la reserva en las manos de la IA. Pocos minutos después, el agente le comunicó que había encontrado una vulnerabilidad. Gracias a ella podía saltarse los límites de la plataforma y reservar clases con semanas o meses de antelación.El problema empeoró cuando Andrew, que ocupaba el cuarto puesto en otra lista de espera, preguntó si podía avanzar. El agente examinó la API, la vía que utiliza el software para recibir órdenes, y descubrió que no comprobaba quién cancelaba las reservas. Entonces eliminó al usuario situado en primera posición y movió a Andrew del cuarto al tercer lugar.Cuando este le exigió que deshiciera el cambio, la IA reconoció que no podía devolver al afectado a la lista. Después Andrew redactó un correo para avisar a la empresa responsable del software. El caso recuerda a otros incidentes en los que Claude terminó atacando sistemas reales durante pruebas de ciberseguridad.El episodio muestra uno de los grandes riesgos de los agentes autónomos. El usuario les marca un objetivo, pero no controla los métodos que eligen para alcanzarlo. También deja una pregunta clave: quién responde si una IA causa daños, el usuario que la activa, la empresa que desarrolla el modelo o el responsable del sistema vulnerable.