Durante décadas se asumió casi como un hecho: el razonamiento avanzado, sostenido por un lóbulo frontal cada vez más grande, fue lo que disparó el tamaño del cerebro en simios y humanos. Un análisis cuantitativo de fósiles que se remontan a 56 millones de años acaba de desmontar esa idea, y el verdadero responsable resultó ser mucho menos glamoroso: la vista