Durante décadas usamos los mapas para explicar cómo estaba dividido el mundo. En 2026 han vuelto a cumplir una función mucho más inquietante: decidir cómo debería dividirse

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Groenlandia, Gaza, Cisjordania, el Ártico o Ceuta parecen conflictos completamente distintos. Todos comparten algo: una línea sobre un mapa puede determinar quién controla un territorio, por dónde puede moverse una población y hasta dónde pretende llegar la influencia de una potencia.