La saltadora, cualquier saltadora, inicia la carrera y, de repente, parte de su atención se desvía hacia la cámara de televisión. Calcula dónde está, qué puede enfocar cuando caiga sobre la colchoneta y en qué clase de vídeo podría convertirse después ese instante. Es una sensación que conoce la mayoría de las atletas, cansadas de que una retransmisión deportiva utilice su cuerpo para contar otra historia. Así lo denuncia Holly Bradshaw. La medallista olímpica británica de pértiga relata que ha sufrido abusos en las redes sociales y ha visto vídeos inapropiados, propios y de compañeras, construidos con repeticiones a cámara lenta. En muchas competiciones, asegura, las atletas están «más pendientes de las cámaras que de su propio rendimiento». Su testimonio es uno de los que aparecen y sustentan Raising the Bar , la guía de 23 páginas publicada por la Unión Europea de Radiodifusión (UER) con el apoyo de European Athletics que contiene las nuevas directrices para una cobertura mediática respetuosa del atletismo femenino, «diseñadas para combatir la sexualización de las atletas en las retransmisiones deportivas». El documento cobra relevancia con el inicio del Campeonato de Europa de Birmingham, el primer evento en el que se pone en práctica. No es de obligado cumplimiento ni pretende fijar una única manera de retransmitir atletismo. Pero sí servir de orientación profesional para realizadores, operadores de cámara, comentaristas y productores. A partir de ahora, menos mirada gratuita y más deporte. La lista de prácticas cuestionadas es muy concreta y se detalla con numerosos gráficos: planos prolongados del cuerpo, cámaras bajas que captan perspectivas comprometedoras, encuadres traseros y repeticiones ultralentas sin valor técnico ni narrativo... La guía no discute la presencia de la atleta en pantalla, sino la intención editorial del plano. Una repetición puede explicar el último apoyo antes de la batida o detenerse en una parte del cuerpo. Las imágenes utilizadas por la UER en la guía proceden de retransmisiones reales. En el salto de altura, por ejemplo, un plano abierto permite observar la curva, el ritmo de los pasos finales, la inclinación y el punto de despegue. Pero una cámara baja situada bajo el listón puede producir una imagen comprometida y, además, perder casi toda esa información útil. «El éxito de un salto depende de la carrera de aproximación, por eso es fundamental que los espectadores entiendan por qué corremos de la manera en que lo hacemos», explica Blanka Vlasic, doble medallista olímpica. En pértiga sucede algo parecido. Bradshaw pide atender a las seis últimas zancadas, la velocidad de la penúltima, la posición de despegue y la inversión tras abandonar el suelo. Según la británica, esos elementos representan el 90 por ciento del salto. Concentrarse únicamente en el paso sobre el listón y el aterrizaje empobrece el análisis y facilita los encuadres que las atletas denuncian. Ivana Spanovic, campeona mundial de longitud, amplía el foco. «Cada movimiento cuenta una historia de fuerza, precisión y años de dedicación. Sin embargo, ciertos ángulos de cámara, combinados con estereotipos de género, no solo generan incomodidad en los atletas y distracciones innecesarias durante la competición, sino que también la forma en que se transmite puede tener graves efectos a largo plazo en la salud mental de los atletas», sostiene. «A veces, incluso la ubicación de la cámara no es la adecuada y puede representar un riesgo de lesiones durante el calentamiento». Su propuesta no termina en la realización: reclama comentaristas capaces de explicar el rendimiento, educar al público y motivar a la siguiente generación. La guía asegura que no busca sustituir una imagen sexualizada por una retransmisión temerosa, lejana o aséptica. Propone planos laterales que muestren la carrera completa, perspectivas amplias para leer el gesto, cámaras diminutas que permitan medir la distancia al listón y gráficos que ayuden a comprender el movimiento. La alternativa a enseñar el cuerpo como reclamo es enseñarlo como herramienta deportiva. La guía también insiste en que no es un reglamento sancionador. Su eficacia dependerá de decisiones tomadas en segundos, bajo la presión del directo y por equipos de producción muy distintos. La propia UER presenta el documento como un comienzo, no como una lista cerrada de restricciones. Birmingham servirá para observar qué planos se repiten, cuánto duran y qué aprende de ellos el espectador.