Milei a la caza del “terrorismo rojo”

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“Tenés infiltrados”, le anuncia el comisario al delegado municipal de un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, y le advierte a continuación muy pomposamente que el Partido Justicialista le ha enviado un “normalizador” desde Tandil. “Normalizar qué -se sorprende el paisano-. Estás leyendo muchos diarios”. Entonces el policía lo deja frío con su revelación: “El Mateo es marxista comunista”. Unas páginas más adelante, el funcionario y ese empleado bajo sospecha ya se preparan para resistir un ataque violento: “Dicen que somos bolches”, le explica el delegado municipal tomando una escopeta, y Mateo se muestra perplejo: “¿Cómo bolches? Pero si yo siempre fui peronista..., nunca me metí en política”. Es el legendario comienzo de No habrá más penas ni olvido, la pequeña gran novela que Osvaldo Soriano escribió en 1974 al ras de la más cruda y peligrosa actualidad, y que recién pudo publicar después del exilio y durante los albores de la democracia: toda su obra está regresando estos días bajo el lujoso sello de Seix Barral. Aquella peripecia sangrienta parodiaba la guerra peronista y el lenguaje burdo y macartista de su derecha, que luego convertiría en lengua de Estado la mismísima dictadura militar. Hace unos días Marcelo Larraquy, historiador de la era setentista y narrador de una trepidante saga sobre el siniestro Aníbal Gordon (factótum de la Triple A), reconoció en el nuevo fraseo libertario aquella misma tosquedad luctuosa. Fue cuando escuchó al Presidente de la Nación aseverar que existen hoy “terroristas disfrazados de estudiantes, periodistas, profesores e investigadores: la gente tiene que estar al tanto de que la estrategia de (Antonio) Gramsci de tomar la educación, los medios de comunicación, la cultura y el Estado, pasó a una etapa 2.0. Eso lo hizo Cristina Kirchner. Abrió esta puerta”. La cita hace juego con una antigua referencia muy similar de Videla (otro curioso lector de Gramsci) y con el final del reciente encuentro con Flávio Bolsonaro, que le dijo a Milei: “Vamos a combatir el terrorismo juntos”. El Descabellado, que repuso el calificativo “zurdo” a la manera de insulto para usar a gusto y piacere contra cualquier disidente y que solo le falta traer ahora del pasado la palabra “subversivo”, le respondió con gran entusiasmo: “¡Exactamente!”. A luchar contra los terroristas disfrazados: la consigna de la hora. Los organismos de control y vigilancia del gobierno nacional ya habrían lanzado una caza de brujas contra esos “infiltrados”, y lo presumimos porque el propio gobierno de los Estados Unidos -la nueva madre patria de los libertarios- fue quien le pidió “identificar y mapear” (sic) la amenaza de lo que denominan “el terrorismo rojo”. Fue en una reunión de mediados de julio y el canciller Pablo Quirno estaba escuchando las directivas. Que son, en verdad, un intento muy serio por anatemizar a cualquier reportero, columnista, intelectual, artista o científico que ponga reparos a los “valores” de la Nueva Derecha, y de reflotar de paso la nefasta Doctrina de Seguridad Nacional que permitió a la Casa Blanca coordinar servicios de inteligencia y promover la represión ilegal en América Latina durante la Guerra Fría. Luego de recordar anacrónicamente Montoneros, FARC, Sendero Luminoso y Tupamaros, Marco Rubio explicó durante aquella cumbre en Washington que “hoy nos enfrentamos a una nueva ola de este viejo mal”. Llamó a construir, con el intercambio de información, “nuestra arquitectura antiterrorista”, con lo que estaba induciendo de hecho al espionaje político en cada nación y a marcar a cualquiera que sea crítico del imperialismo o del capitalismo en general, sin olvidar -por supuesto- a los “marxistas comunistas”, como decía la criatura tétricamente ignorante de Soriano. “Es una rebelión de lo peor contra lo mejor”, arengó el secretario de Estado en esa ocasión, y sugirió que cualquier portador de “resentimiento ponzoñoso” con el “lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación” se desliza muy probablemente hacia el extremismo. Sus deseos son órdenes, míster. El fraseo libertario, que hizo eco en el oído entrenado de Larraquy, es mucho más que un simple dislate retórico: obedece a una acción concreta impulsada por Donald Trump.Azuzados ahora por Marco Rubio, los populistas de derecha tienden a pensar que cualquier crítico es una “basura socialista” aunque no lo sepa, y cualquier progre, un miembro potencial del “terrorismo rojo”El último régimen militar no distinguía entre guerrilleros y perejiles, o entre guevaristas, antifascistas o socialdemócratas: a todos ellos, sin distingos, los consideraba potenciales enemigos de la civilización occidental y cristiana. Y actuaba en consecuencia. Las nuevas generaciones de liberales nunca se sintieron representadas por esos tenebrosos golpes de Estado ni por Krieger Vasena, Alsogaray o Martínez de Hoz. Tenían como referencia, en cambio, a sus pares europeos, estadistas modernos que habían construido una democracia liberal venturosa. Es por eso que, cuando los kirchneristas intentaban emparentarlos aviesamente con las tiranías del siglo XX, se indignaban y tenían mucho cuidado en utilizar cualquier vocablo de aquella jerga nefasta, ya convertida en parodia. Y también en demostrar un cierto pudor por los sufrimientos del ajuste, y una moderación que ya a nadie importa. El mileísmo, en cambio, usa y abusa de ese lenguaje de la ignorancia, se regodea en sus malos modales y su falta de empatía social, y parece ansioso por llenar esos zapatos y por confirmar todo prejuicio: falta que organicen la marcha del Orgullo Reaccionario. Azuzados ahora por Marco Rubio, estos populistas de derecha tienden a pensar que cualquier crítico es una “basura socialista” aunque no lo sepa, y cualquier progre, un miembro potencial del “terrorismo rojo”. Denunciar una “campaña antiargentina” (concepto de triste memoria) e inventar mecanismos de sanción para detectar el “odio contra el país”, y abocarse a identificar a esos fantasmales “terroristas” que nadie vio, los habilita a espiar y criminalizar arbitrariamente a cualquiera, sobre todo si se planea una colosal colonización de la justicia. Odiadores y terroristas serán los que el oficialismo decida que sean y sus nuevos jueces convaliden.Odiadores y terroristas serán los que el oficialismo decida que sean y sus nuevos jueces convalidenLa carrera de estos ultramontanos por hacernos retroceder cincuenta años y por resucitar formas execrables de la política que parecían definitivamente sepultadas, no termina allí: agradar y beneficiar todo el tiempo y en todo lugar, con discurso y con medidas concretas, a los más ricos, y desdeñar los intereses de la clase media y de los más pobres, es un fenómeno obsceno y creciente, una marca de época. Confirmó también nuestro canciller los peores prejuicios esta semana cuando admitió que la nueva ley de tierras permitía a cualquier extranjero “comprar un pueblo o una provincia entera”, y al asegurar que eso iba producir notables beneficios para la patria. Sacar pecho de entreguista es parte de la ostentación de lo peor. Y ser cómplices de un militante que bromea, como pasó estos días, con el “color” de los “cabecitas negras” y que propone para el conurbano una política de “esterilización”, “muro con francotiradores” y “napalm todas las mañanas”, desnuda los temperamentos que en verdad anidan en el núcleo duro del poder. Y no sigo porque no quiero que se me acuse de “terrorista rojo”, aunque imagino que tarde o temprano eso ocurrirá, puesto que “la paranoia se alimenta de sí misma”, como decía Arthur Miller acerca de los juicios de Salem.