Terminaban de entrenar, discutir de retórica o competir en el gimnasio, y se zambullían todos juntos en agua fría, con las voces retumbando entre columnas monumentales. Esa escena, que podría parecer sacada de una fantasía histórica, ocurría literalmente todos los días en una ciudad del oeste de Anatolia, en una pileta tan grande que hoy los propios arqueólogos la comparan con una piscina olímpica