El Rey Carlos III empezó sus vacaciones en Escocia a principios de agosto y lo celebró con una preciosa tradición. Plantó una rosa que se creó en su honor en los jardines que un día pertenecieron a su abuela, la Reina Madre. Hasta ahí todo suena divino, pero obvia uno de los aspectos no tan idílicos de esta localización veraniega en donde el monarca disfruta de su descanso. Antes de viajar a Balmoral, al Rey Carlos III le gusta pasar unos días en el Castillo de Mey, situado en Caithness, y que pertenece a la Familia Real después de que la Reina Madre lo comprara en 1952. Muchos decían que era uno de sus lugares favoritos y su nieto parece haber heredado esa pasión por esta impresionante propiedad de 38 habitaciones. No es de extrañar, porque parte de su niñez la pasó allí. Según Sally Bedell Smith, lo que más le gusta hacer en estos días que pasa en el castillo es leer documentos por las mañanas e ir a pescar algunas tardes. Sin embargo, este lugar esconde un oscuro pasado. El castillo está embrujado por la Dama Verde, más conocida como Lady Fanny Sinclair, hija del decimocuarto conde de Caithness, cuya familia era propietaria del castillo. Según cuenta la leyenda, cuando el conde descubrió que Lady Fanny estaba enamorada de un mozo de cuadra, desterró al joven de la finca. Fanny, completamente sollozaba de haber perdido a su amado, esperaba al mozo noche tras noche junto a la ventana de las habitaciones superiores del castillo, pero nunca regresó. Completamente desolada, acabó arrojándose por la ventana y, desde entonces, su espíritu vaga por Mey, nombrada ahora como la Dama Verde. Hay más versiones de la historia. En una de ellas, Fanny y su amante, fueron sorprendidos intentando escapar. Al tratar de saltar por la ventana murió al caer. Según el periódico 'Tatler', desde esa trágica muerte, varios de los visitantes han asegurado que hay sucesos extraños que ocurren alrededor del castillo : puertas que se cierran solas, luces que se apagan repentinamente. Los empleados afirman sentir una presencia extraña al subir al último piso, donde aún permanece una ventana tapiada. Los historiadores nunca han afirmado que el cuento es verídico, y no existen registros oficiales que lo confirmen, pero sigue siendo un relato muy popular entre los visitantes del castillo. Esta tampoco es la única historia que esconde el castillo May. Otra leyenda se remonta a la década de 1560, cuando el cuarto conde de Catihness lo construyó como regalo de su segundo hijo, William Sinclair. El conde también tenía otro hijo menor llamado John, ha quien encarceló dentro de los muros de la residencia familiar en el castillo de Girnigoe. En 1573, William se enteró de que su hermano estaba tramando una fuga y corrió a contárselo a su padre. John lo asesinó y luego lo ejecutaron a él también. Al no tener heredero de la propiedad, el Castillo de Mey fue ocupado por el tercer hijo del conde, George Sinclair, quien bautizó a la familia como los Sinclair de Mey. En 1789, uno de sus descendientes cambió el nombre de esta residencia como el castillo de Barrogill, y permaneció en su poder durante un siglo. Volviendo a los Windsor. En 1952, cuando la Reina Madre tenía 51 años y acababa de perder a su marido, Jorge VI de Reino Unido, descubrió el castillo. Lo compró y emprendió una profunda restauración. Recuperó además su antiguo nombre, castillo de Mey, rehabilitó sus jardines y transformó aquella fortaleza del siglo XVI en un descanso escocés para los Windsor.