De pequeños nos enseñan a que la envidia es un sentimiento 'de los malos' y que, al igual que nos recomiendan sobre el enfado, la tristeza o el miedo, es mejor frenarla que acomodarse en ella. La consecuencia de vivir de la mano de la envidia es la pérdida de la felicidad. Esta conclusión, aunque drámatica, ha sido apoyada durante siglos por los hombres mejor formados de cada sociedad. Lo dijo Aristóteles en su 'Retórica' allá por el siglo IV a. C. La envidia es una emoción característica de las personas de «alma pequeña», amantes de la fama y de los honores. El envidioso es un ser insatisfecho incapaz de ver y reconocer todo lo bueno que en verdad tiene, siempre pendiente del otro que «ocupa» su lugar. Criticó duramente esta actitud diciendo que «envidiar es vil y de gente vil». La envidia es mirar lo ajeno, de ahí, el origen etimológico de la palabra: envidia (invidio) contiene la idea de mirar (videre) hacia los otros (in) con malos ojos. Así hacían los dioses del Olimpo griego: vivían su vida envidiando -mirando- a los hombres. Algo parecido escribió Schopenhauer más cerca de nuestros días. En 'El mundo como voluntad y representación', el filósofo alemán se mostró tajante sobre el deseo de lo ajeno: «No hay nada más implacable y cruel que la envidia: y, sin embargo, ¡nos esforzamos incesante y principalmente en suscitar envidia!». Era una de su 50 reglas para ser feliz: «Quien pretende medir el curso de la vida según estos últimos, aplica un parámetro totalmente equivocado: porque las alegrías son negativas; pensar que puedan hacernos feliz no es más que una ilusión cultivada y acariciada por la envidia», escribió en 'El arte de ser feliz'. El evidioso es, por tanto, malo en sus intenciones, pero también mal humano porque pierde la humanidad en su obcecación por el bien de los demás. «No es razonable que a menudo uno envidie a otro por algunos sucesos interesantes de su vida», argumentó en un capítulo, «en lugar de ello debería tener envidia de la sensibilidad gracias a la cual esos sucesos parecen tan interesantes en su descripción». Estas mismas ideas siguen estando vigentes en el siglo XXI. Cuando medimos nuestras propia felicidad por la cantidad de 'me gustas' que recibimos en las redes sociales, el barrio en el que conseguimos un alquiler o la cantidad de viajes que hacemos al año, la conversación sobre la envidia es más que pertinente. Francesc Torralba ha hecho reflexionar a miles de personas sobre la presencia de la envidia en sus vidas. El filósofo ha recordado en el podcast 'La fórmula del éxito', presentado por Uri Sabat, que «no hay nadie envidioso que sea feliz». «Si quieres ser feliz, lucha contra la envidia», repite para aquellos que no hayan escuchado la regla de Schopenhauer. «Es verdad. Y esa es una máxima que vale para ahora, para el siglo XIX y para el siglo XXI. La máxima es verdad. Donde hay envidia no hay felicidad. Bueno, pues lucha contra la envidia». El profesor universitario, filósofo y teólogo nos recuerda que uno mismo no debería enfadarse o entristecerse pensando en el bien ajeno. La envidia es una emoción a evitar o, cuando surja, a canalizar a través del agradecimiento por la propia vida y la ajena. Por reflexiones como esta, Torralba habló ante el Papa León XIV en su visitaa España el pasado junio.