La política también se retrata por sus prioridades. Y pocas imágenes resultan tan expresivas como la de un Gobierno volcado en organizar la contemplación de un eclipse solar mientras España acumula emergencias que han encontrado una respuesta mucho menos diligente. El fenómeno astronómico merece atención científica, divulgativa y, desde luego, medidas razonables de seguridad. Lo revelador es la dimensión que el Ejecutivo decidió conferirle. Durante más de un año, el Gobierno preparó una estructura específica para el llamado Trío de Eclipses : comisión interministerial, comisión nacional, web y aplicación oficiales, planes especiales de seguridad y Protección Civil, coordinación de Policía y Guardia Civil, dispositivos de tráfico, restricciones de circulación, prevención de incendios y un centro oficial de seguimiento con un mando unificado en Yebes. Nada hay objetable en prevenir los problemas derivados de una concentración extraordinaria de personas, más en un país turístico. La pregunta política es otra: ¿por qué esa capacidad de anticipación parece incomparablemente mayor cuando el Gobierno puede asociarse a un acontecimiento inocuo que cuando debe afrontar una incómoda emergencia? España ha conocido incendios devastadores y danas como la de Paiporta que dejaron al descubierto fallos graves de prevención, coordinación y respuesta. Y Ceuta sigue soportando las consecuencias de la entrada masiva desde Marruecos , convertida simultáneamente en crisis fronteriza, de seguridad, humanitaria y diplomática. Allí se han reclamado más medios, refuerzos y una coordinación acorde con una situación excepcional. El contraste con el eclipse es difícil de ignorar: para mirar al cielo se crea un mando nacional unificado sin precedentes, pero cuando la crisis llega por tierra, mar o aire, abundan la improvisación, el reparto de culpas y la propaganda. Hay además una paradoja política profunda. Desde 2018, Sánchez ha construido buena parte de su relato presentándose como el presidente obligado a gobernar una sucesión interminable de emergencias: desde la pandemia a la crisis energética. Pero la excepción ha terminado convirtiéndose en sistema. La emergencia sirve para reclamar adhesión, rebajar controles, justificar decisiones extraordinarias y normalizar un gasto público sin la disciplina que debería imponer el Parlamento. Hasta la falta de Presupuestos queda diluida en un Gobierno que administra la excepcionalidad como si fuese normalidad. La diferencia no está, por tanto, en la existencia de protocolos, sino en la jerarquía de la atención: unas crisis se convierten en prioridad gubernamental y otras se administran como molestias sobrevenidas, se minimizan o se dan prematuramente por superadas hasta que la realidad desborda el relato. Pedro Sánchez finalmente no acudió a Yebes, pero eso no altera el fondo. Varios miembros de su Gobierno participaron en el dispositivo y el Ejecutivo convirtió el eclipse en un acontecimiento institucional de primer orden. La maquinaria gubernamental encontró en un fenómeno natural una oportunidad para proyectar eficiencia, modernidad, ciencia y coordinación. El problema es que los eclipses duran unos minutos y la realidad permanece. Permanecen los problemas de renta de millones de españoles, una vivienda cada vez más inaccesible, la inseguridad en zonas sometidas a una presión extraordinaria, el deterioro institucional y una legislatura en la que gobernar se ha ido separando de rendir cuentas. Permanece también una anomalía política grave: España encadena tres ejercicios sin unos nuevos Presupuestos Generales del Estado aprobados por las Cortes. Un Gobierno puede organizar perfectamente un eclipse y fracasar en lo esencial. Lo reprochable es utilizar el espectáculo para ocultar su propia decadencia. El Ejecutivo parece confiar en que el eclipse difumine –valga la redundancia conceptual– también los problemas de los españoles. Pero cuando vuelve la luz siguen estando Ceuta, las dificultades para llegar a fin de mes, la falta de presupuestos y un Gobierno más preocupado por controlar el relato que por corregir la realidad. Las gafas oscuras eran imprescindibles para mirar al Sol. Para mirar al Gobierno conviene quitárselas.