Eclipse desde el viejo faro flotante del Mediterráneo

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El mar está en calma y el horizonte parece no tener principio ni final. A bordo de la goleta Cervantes Saavedra, el Mediterráneo se extiende alrededor del barco como una enorme lámina azul y, sobre ella, el cielo que hoy, durante unos minutos, va a desaparecer. Después de navegar unos 50 kilómetros —27 millas náuticas— desde el puerto de Alcossebre, llegamos a las Islas Columbretes, un pequeño archipiélago volcánico situado frente a la costa de Castellón. Son ya las siete de la tarde y en cubierta unos preparan los equipos para observar el cielo, otros buscan aves en el horizonte, y se ultiman los preparativos para la toma de muestras de agua con fitoplancton durante el eclipse. Organizada por la Universidad Camilo José Cela junto a la Fundación Oceanogràfic y Oceanosophia, la travesía Eclipse 360 ha convertido este bergantín en un observatorio móvil desde el que contemplar el fenómeno astronómico y estudiar, al mismo tiempo, cómo responde la vida marina al cambio repentino de luz. Sus tres palos se levantan sobre una cubierta de madera que conserva el aspecto de los grandes veleros, construido en Suecia en 1934 para ser un buque faro, tenía la misión de permanecer en el mar y servir de referencia a otros navegantes. Con sus 48,5 metros de eslora, 7,8 de manga y un calado de 4,4 metros, lo que entonces era una herramienta de señalización marítima hoy funciona como aula, residencia y plataforma científica. Un auténtico campus flotante para estudiantes y expediciones que también se convirtió en un rostro conocido para millones de espectadores al transformarse en el Estrella Polar de la serie El Barco. «Realizamos travesías a partir de abril, siempre enfocadas a la divulgación y concienciación ambiental, y se llevan a cabo proyectos científicos, algunos como plantación de posidonia oceánica y también labores de recogida de basura en los fondos marinos. Pero esta travesía para ver el eclipse es algo único que tenemos el privilegio de vivir en alta mar», explica José Manuel Guzmán, Lolo, como todos le llaman, capitán del Cervantes Saavedra desde hace seis años. Nos situamos en latitud 39 grados 53 minutos norte y longitud cero grados, 43,79 al este del meridiano cero, y justo detrás del barco se encuentra el islote más grande de las Columbretes, Illa Grosa, sobre la que se alza el faro. Ocupan unas 19 hectáreas sobre el agua, pero lo verdaderamente importante está bajo ella ya que alrededor se extiende una reserva marina de unas 5.500 hectáreas que protege fondos volcánicos, comunidades de coralígeno, gorgonias y especies como la langosta roja o el mero. El aislamiento del archipiélago y décadas de protección han permitido conservar aquí uno de los espacios marinos de mayor valor ecológico del Mediterráneo español Desde cubierta cuesta imaginar toda esa vida bajo nosotros. El agua parece uniforme. Pero Joan Montaner sabe que no lo es. El biólogo de la Fundación Oceanogràfic recorre la cubierta pendiente de las aves que, para sorpresa, escasean en el cielo. «Esperamos poder constatar a nivel biológico un cambio de conducta en las aves, pero ver también qué ocurre en un ecosistema, cuando acostumbrado al ciclo normal del día y la noche recibe, de repente, unos minutos de oscuridad en mitad del día», señala este científico cuya misión es registrar lo que ocurre antes, durante y después del eclipse. Para ello tomará muestras de agua con el objetivo estudiar el fitoplancton, ese conjunto de organismos microscópicos que permanece casi invisible desde la superficie y que, sin embargo, sostiene buena parte de las redes tróficas marinas. Necesitan luz para realizar la fotosíntesis, por eso este eclipse ofrece una oportunidad de observar qué ocurre cuando, durante unos minutos, una de las condiciones fundamentales para su actividad desaparece. Un día antes ha recogido muestras de pólipos de medusa, que también recogerá al caer la noche. Mientras Montaner se centra en las aves y en el mar, Antonio Pérez Verde, divulgador astronómico, sigue las condiciones del cielo donde la visibilidad, la nubosidad, el viento o la temperatura pueden cambiar por completo la experiencia de la totalidad. Desde la cubierta, Pérez Verde nos explica qué debemos buscar cuando la Luna termine de ocultar el Sol, «las perlas de Baily aparecen unos segundos antes y después de la totalidad. Como la superficie de la Luna no es lisa los últimos rayos de luz solar se filtran a través de los valles lunares creando una cadena de puntos brillantes que parecen perlas alrededor del borde». De ellas hablan Ainhoa, Pilar y Mar, tres amigas llegadas desde Tánger, Málaga y Madrid que se han enrolado en la Travesía Eclipse 360 dispuestas, como señalan, de vivir «una ocasión única en un barco único y en una situación histórica. Tenemos eclipse, alineación de planetas y Perseidas, es algo realmente increíble». De repente se escucha la voz de Antonio Pérez Verde, indicando que el eclipse ha comenzado. Son las 19 y 37 de la tarde. El cielo empieza a cambiar tenuemente y la luz pierde intensidad poco a poco. Todo el mundo concentra, a través de las gafas protectoras, en ese disco lunar que va conquistando poco a poco al Sol. A mi lado se encuentra Javier Espinosa, quien lleva 25 años haciendo travesías en veleros, reconocido técnico de senderos, diseñador de itinerarios sostenibles y especialista en turismo activo con su proyecto «Tierra de sendas», y que encarga de contar a la tripulación la historia y curiosidades de los lugares por los que pasarán hasta llegar a Formentera. Poco a poco el Mediterráneo adquiere una tonalidad diferente y las sombras se vuelven más marcadas. El cambio es extraño porque no ocurre de golpe y mientras alguna nube amenaza con arruinar el momento, el mar mantiene una calma extraña. En cubierta se palpa la emoción, «¡quedan 20 segundos!», nos indica Antonio. Y a las 20 y 32 llegó la totalidad. Sobre nosotros aparece la corona solar y confieso que sin ser fan de los eclipses mi intención era solo observar cómo la oscuridad cubría el momento, pero apartar la vista de la imagen que durante casi un minuto y cuarenta segundos tenemos el privilegio de contemplar resulta casi imposible. Es extraña, diferente, única, y aunque dejo el móvil grabando apenas reparo en ello o en captar una instantánea del momento. Nada como vivirlo y sentirlo. El barco permanece en silencio, suspendido entre dos mundos. Arriba, un fenómeno astronómico que sucede a millones de kilómetros; abajo, un ecosistema cuya respuesta Montaner trata de registrar. Durante unos instantes, el experimento científico y el espectáculo astronómico son exactamente el mismo acontecimiento. La Luna tapa el Sol para nosotros y, durante unos minutos, altera las condiciones de luz a las que están acostumbrados los organismos que nos rodean. El horizonte recupera el color, el mar vuelve a ser azul y el día parece regresar al mismo lugar del que se había marchado, aunque ya con esa luz tenue cercana al ocaso. En cubierta, mientras algunos comentan lo que acaban de ver, otros empiezan ya a mirar hacia el cielo en busca de las Perseidas, que esta noche volverán a cruzarlo como pequeñas ráfagas de luz. Y quizás, entre los muchos deseos que esta noche atraviesen la cubierta del Cervantes Saavedra, haya uno compartido: que las muestras recogidas durante el eclipse ayuden a descubrir qué sucede en el mar cuando, de repente, el día deja de ser día. Porque la oscuridad apenas duró un minuto y cuarenta segundos para quienes la contemplamos desde el barco. Para el océano, sin embargo, fue una alteración de su rutina. Ahora habrá que esperar a que los datos hablen y descubrir si aquel breve instante dejó alguna huella en el fitoplancton, en las medusas o en las aves. Tal vez una de las respuestas esté ya en esas muestras. Tal vez, como ocurre con los deseos que se lanzan al cielo, todavía haya que esperar para saber si se cumplen.