Christopher Buehlman, el escritor que cobraba cinco dólares el insulto y ahora aterroriza a una generación de lectores

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Es sábado por la tarde en una feria renacentista del sur de Estados Unidos. Huele a pierna de pavo y a serrín mojado, y un hombre con capa y acento fingido cobra cinco dólares por insultar a quien se lo pida. Se hace llamar 'Christophe the Insultor', y espera el momento exacto para soltar una frase que deja al público sin aliento y con ganas de pagar por más. El chiste, como el de todo bufón que se respete, consiste en decir en voz alta lo que nadie más se atreve: que el rey está desnudo, que la peste no perdona a los piadosos, que Dios, si está mirando, lleva un rato sin intervenir. Entre el público, familias enteras con jarras de hidromiel se ríen sin saber que están presenciando un ensayo general. Años más tarde, ese mismo hombre escribirá una de las novelas de horror histórico más elogiadas de la última década; ambientada en la Francia devastada de 1348 , con ángeles caídos librando una segunda guerra contra el cielo y un caballero en desgracia como testigo del declive. Ser bufón y ser novelista, resulta, comparten un mismo instinto: el de decir la verdad disfrazándola de espectáculo. Su libro es 'Entre dos fuegos', y Christopher Buehlman ahora se hace conocer por su nombre real. Nacido en Florida, se formó leyendo crónicas medievales y poesía provincial (en 2007 ganó el premio Bridport de poesía), y ahora, aunque se dedica a escribir las novelas que a él le gustaría leer, sigue queriendo ver lo lírico en su día a día, tratándose pues, según él dice, de algo de lo que no se puede desprender. «La poesía me ayudó a desarrollar la imagen y también la brevedad» , explica el autor. «También pasé un tiempo escribiendo obras de teatro y me gustó hacerlo. Pensé en dedicarme a ello, pero eso es muy difícil. Aún así, estoy muy agradecido con ese tiempo porque creo que me fue muy útil para saber construir diálogos». Y añade, sobre los años recorriendo el circuito de ferias: «Tienes que ganarte al público cuando estás haciendo teatro». 'Entre dos fuegos' transcurre en 1348, en plena peste negra. En él, seguimos a un caballero caído en desgracia y a una niña huérfana que atraviesan un país devastado mientras el mundo se convierte, literalmente, en campo de batalla de una guerra en el cielo. Buehlman ha explicado que la estructura del libro responde a sus lecturas de literatura medieval francesa: «la historia es lo que yo llamaría picaresca », comenta el autor. «Las cosas suceden de una manera muy lineal, y eso es muy característico de la estructura medieval», ha dicho. Es, en esencia, un 'road trip' medieval, y los capítulos son puramente secuenciales. Buehlman se declara, sin ambigüedad, un autor de horror en todas sus variantes -«no me gustan los 'slashers'», aclara-, y su explicación de por qué el miedo puede resultar placentero conecta con una discusión más amplia que atraviesa la cultura de internet de los últimos años, la del llamado comfort horror. «Es una forma de explorar el miedo sin realmente tener miedo por tu vida», ha explicado. «Es como ir en una montaña rusa en vez de entrar en un accidente de coche. Lo encuentro cómodo, y no sé por qué. Siempre lo he disfrutado». Ese vínculo entre horror y fantasía, dice, es estructural: «El horror aumenta, alarga los riesgos de la fantasía. Es el mismo líquido vertido en en diferentes vasos». Quizá el rasgo más distintivo de la obra de Buehlman sea su tratamiento de lo sagrado. Sus ángeles, por su parte, rozan el horror cósmico antes que el consuelo. «Hay algo asombroso en la representación tradicional de los ángeles que quise recuperar. Creo que el ángel amable, hermoso, servicial es una construcción más reciente», y sitúa esa mitología en un linaje mucho más antiguo: « Fue Stephen King quien habló de cómo los mitos griegos son efectivamente un horror. Fíjate en el minotauro: una criatura en medio de un laberinto que exige a siete niños y siete niñas cada mes. Termina cuando un héroe finalmente va hacia allá, con un hilo en la oscuridad, a luchar contra la muerte. Son cosas horribles», concluye, «pero también puede verse como una alegoría del interior» . Sin embargo (y aquí aparece la contradicción que sostiene buena parte de su obra), Buehlman insiste en que sus demonios no son meros símbolos de la culpa. «Los diablos que estoy escribiendo en esto son ángeles caídos que buscan volver, no solo a Dios, sino a Dios a través de la humanidad. Quieren destruir a su criatura favorita y tal vez, incluso, dominar el cielo». Buehlman recuerda su paso reciente por el festival Celsius, en Avilés, España, guarda un recuerdo especialmente cálido: «Fue maravilloso. Por supuesto, mucho menor que Lucca, pero la gente que estaba allí son fans extremadamente artistas y muy amigables e inclusivos. Los amo. Es un festival realmente extraño aquí en España, porque está en esta pequeña ciudad en medio de ningún lugar, y todos los demás festivales están en Madrid o Barcelona. Es una pequeña gema oculta». Allí, cuenta con cierto orgullo, alcanzó un hito personal: « Hice mi primer panel completamente en castellano, y pude responder también en otro panel junto a tres autores que hablaban inglés». Lo que Buehlman propone con su mezcla de crónica medieval, comedia de feria, poesía breve y horror cósmico no es tanto una fórmula de género como una postura frente a la escritura misma. En una industria editorial que premia cada vez más la fórmula reconocible, su insistencia en escribir únicamente lo que él mismo querría leer es, en el fondo, una declaración de principios sobre qué lugar debe ocupar la incomodidad -y por extensión la verdad- dentro de la ficción popular.