Antes de que el termómetro se instalara por encima de los 40 grados y las noches dejaran de ofrecer tregua, el zumbido de un mosquito bastaba para declarar inaugurado el verano. Solo hacía falta abrir una ventana al atardecer para que uno de esos diminutos insectos voladores encontrara el camino hacia el dormitorio. Sin embargo, en plena ola de calor, cuando cabría esperar una explosión de estos molestos dípteros, sucede algo que muchos ciudadanos perciben con sorpresa: parecen haber desaparecido. El zumbido se apaga cuando llega la canícula. No es solo una percepción. La ciencia lleva años desmontando una idea muy extendida: el calor no favorece indefinidamente a los mosquitos. Como ocurre con casi todos los seres vivos, existe un límite a partir del cual el exceso de temperatura deja de ser un aliado para convertirse en un enemigo. Durante años se ha repetido que el cambio climático traerá más mosquitos y, con ellos, más enfermedades transmitidas por vectores. La afirmación es correcta, pero solo a medias. El aumento de las temperaturas permite que especies como el mosquito tigre ( Aedes albopictus ) amplíen su distribución hacia latitudes donde antes no podían sobrevivir y prolonguen su actividad durante más meses al año. Sin embargo, esa relación no es lineal. El calor impulsa sus poblaciones únicamente hasta alcanzar un punto óptimo. Cuando el mercurio continúa subiendo, la curva cambia de sentido. Diversos estudios publicados en los últimos años muestran que las temperaturas extremas reducen la supervivencia de los mosquitos, disminuyen su capacidad reproductiva y, en consecuencia, hacen caer el número de individuos que llegan a la edad adulta. Es un comportamiento biológico que los investigadores describen como una respuesta en forma de campana: un ascenso hasta alcanzar el rango ideal de temperatura y un descenso cuando el ambiente se vuelve excesivamente cálido. Una de las investigaciones más ilustrativas se llevó a cabo precisamente en el sur de España. Publicado en 'Ecological Informatics' en 2024, el trabajo analizó la distribución de distintas especies de mosquitos mediante modelos de aprendizaje automático y concluyó que las temperaturas superiores a los 30 grados empiezan a asociarse con una reducción de su abundancia. No significa que desaparezcan, pero sí que las poblaciones dejan de crecer y comienzan a disminuir. Otro estudio en Corea del Sur, 'Abundancia de mosquitos en relación con temperaturas extremadamente altas en zonas urbanas y rurales de la Ciudad Metropolitana de Incheon entre 2015 y 2020', publicado en 'Parasites & Vectors', es probablemente la investigación más clara sobre este fenómeno porque analiza datos reales de capturas de mosquitos durante seis años. La investigación concluye que la abundancia máxima de mosquitos se alcanzó entre 23,5 ºC y 26,4 ºC, según la especie pero cuando las temperaturas alcanzaron valores extremos (percentil 99 de temperatura), la abundancia cayó de forma muy marcada. Ese descenso fue desigual según la especie. En el caso del 'Culex pipiens', el mosquito común en muchas ciudades europeas, la abundancia se redujo aproximadamente un 66 % respecto al nivel óptimo. Los autores concluyeron que la exposición a temperaturas extremadamente altas reduce significativamente la abundancia de mosquitos adultos. La explicación es sencilla, según revelan los expertos. Los mosquitos son organismos ectotermos; su temperatura corporal depende del ambiente. Mientras el calor acelera su metabolismo, también incrementa sus necesidades energéticas y acorta su esperanza de vida. Una hembra que en condiciones templadas viviría varias semanas puede sobrevivir muchos menos días durante una ola de calor intensa. Ese tiempo perdido es decisivo, porque reduce el número de puestas y, por tanto, el relevo generacional. La temperatura también altera el destino de las larvas . Aunque el desarrollo dentro del agua se acelera cuando hace calor, ese beneficio desaparece si el agua alcanza temperaturas excesivas o, simplemente, deja de existir. Y ahí entra en juego el segundo gran enemigo del mosquito durante los episodios de calor extremo: la sequía. La imagen clásica del mosquito está ligada al agua estancada. Cubos olvidados en un jardín, platos bajo las macetas, pequeños charcos o acequias constituyen auténticas maternidades para estos insectos. Sin embargo, cuando una ola de calor prolongada evapora esos pequeños reservorios, desaparece también el lugar donde las hembras depositan sus huevos y donde las larvas completan su desarrollo. Paradójicamente, un verano moderadamente cálido acompañado de lluvias puede resultar mucho más favorable para los mosquitos que otro abrasador y seco. Los investigadores llevan tiempo observando este fenómeno. Una amplia revisión publicada en 'Nature Reviews Microbiology' recuerda que la temperatura regula prácticamente todos los procesos biológicos del mosquito, desde la velocidad con la que madura hasta la frecuencia con la que se alimenta o pone huevos. Pero también subraya que cada especie posee un umbral térmico. Una vez superado, aumentan la mortalidad y el estrés fisiológico, reduciendo la supervivencia de la población. Los expertos aportan otra idea: No todos los mosquitos responden igual. El mosquito común (Culex pipiens), habitual en buena parte de España, tolera unas condiciones diferentes a las del mosquito tigre o al Aedes aegypti , transmisor del dengue y otras enfermedades tropicales. Sin embargo, el patrón general es compartido: ninguna especie obtiene ventajas ilimitadas del calor. Esta idea corrige uno de los mensajes más simplificados sobre el cambio climático. El calentamiento global no implica automáticamente más mosquitos en cualquier lugar y en cualquier momento. Lo que produce es una redistribución de las condiciones favorables. Algunas regiones antes demasiado frías se vuelven habitables durante más meses del año, mientras que otras experimentan veranos tan extremos que dejan de ofrecer las condiciones óptimas para el insecto. Roger Eritja , responsable de entomología y de validación de datos de Mosquito Alert e investigador del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC), coincide en que las altas temperaturas afectan a los mosquitos porque «salen de su rango de temperaturas». «Si hay mucho calor y no hay humedad se suelen refugiar en vegetación, en el subsuelo o en lugares húmedos pero si las temperaturas son extremadamente altas, sobre los 40º, directamente no sobreviven», señala el experto. Recuerda, además, que estos insectos ponen los huevos en el agua y si hay sequía «directamente ya no los ponen, con lo que se reduce su capacidad reproductiva». Eritja puntualiza, sin embargo, que las altas temperaturas causadas por el cambio climático no han causado la dispersión de algunas especies invasoras, lo que sí han hecho es que éstas se establezcan en los lugares a los que llegan y en los que antes no hubieran sobrevivido porque las temperaturas no eran tan propicias. «Lo que ha causado la dispersión de las especies invasoras es la globalización», puntualiza. Los expertos coinciden: durante la canícula los mosquitos no desaparecen del mapa, pero sí atraviesan un periodo especialmente desfavorable. Los adultos viven menos tiempo, las hembras ponen menos huevos y numerosos criaderos temporales se secan antes de completar el ciclo larvario. Los entomólogos aconsejan, sin embargo, no hacer una interpretación excesivamente optimista de esta situación. Esa aparente tregua suele ser temporal. En cuanto descienden las temperaturas y regresan las lluvias o aumenta la humedad ambiental, las poblaciones pueden recuperarse con notable rapidez. Basta una acumulación de agua durante varios días para que miles de huevos, algunos capaces de resistir periodos secos, eclosionen de forma casi simultánea. Es precisamente por eso que septiembre suele convertirse en uno de los meses con mayor presencia de mosquitos en buena parte del Mediterráneo. Después de un verano extremadamente cálido, las primeras tormentas crean las condiciones ideales para una explosión de nuevas generaciones. La paradoja es evidente. El mismo cambio climático que puede reducir temporalmente el número de mosquitos durante una ola de calor también amplía su temporada de actividad. Los extremos térmicos actúan como un freno puntual, pero el calentamiento del conjunto del año sigue modificando el mapa de estos insectos. Por eso, cuando en una noche sofocante sorprende el silencio donde otros veranos solo se escuchaba el inconfundible zumbido junto al oído, la explicación no es que los mosquitos hayan sucumbido definitivamente al calor. Simplemente, el verano ha cruzado una frontera biológica invisible . Incluso para un insecto que parece hecho para el calor, existe un momento en que el sol deja de ser un aliado y empieza a convertirse en una amenaza. Y es precisamente entonces, cuando el verano, por unas semanas, consigue lo que ningún repelente había logrado: hacer callar a los mosquitos.