En algún punto del océano Pacífico, dos tuberías se meten 740 metros mar adentro para robarle agua al mar. Kilómetros después, esa misma agua, ya sin sal, tiene que trepar una montaña casi vertical hasta superar los 3.000 metros de altura. Todo para que una mina de cobre en medio del desierto más árido del mundo pueda seguir funcionando sin secar los pocos ríos que le quedan a la región