La psicología demuestra que los nacidos entre 1930 y 1940 son más afables y saben compartir mejor por las penurias que vivieron en la guerra y posguerra y seguro que has notado en tus abuelos

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Una tienda devuelve más cambio del debido. Hay quien se guarda las monedas y quien vuelve al mostrador sin pensarlo. Para la psicología, ese pequeño acto puede revelar algo más amplio que la buena educación: una disposición a jugar limpio, respetar reglas comunes y frenar el impulso de sacar ventaja.Quienes nacieron entre 1930 y 1940 llegaron a un continente que aún cargaba las heridas de la Primera Guerra Mundial. No vivieron aquel conflicto, terminado más de una década antes, pero sí crecieron con padres marcados por él. Después, la Segunda Guerra Mundial coincidió con su infancia y, en España, la Guerra Civil partió familias, escuelas y comunidades.El rasgo que aparece al comparar cohortes es la afabilidad, una de las grandes dimensiones de la personalidad. No equivale a aguantarlo todo ni a obedecer sin criterio. Describe, en promedio, una mayor inclinación hacia la cooperación, la honestidad cotidiana y el respeto por acuerdos que permiten convivir.Una diferencia medida durante medio sigloEl trabajo principal, publicado en Psychological Science en 2022, siguió a 4.732 adultos del área de Seattle durante cerca de 50 años y reunió más de 11.700 evaluaciones. Los investigadores estudiaron los cinco grandes rasgos y separaron el efecto de la edad del asociado al año de nacimiento.Para mostrar los resultados, el equipo dibujó tres grupos: 1883-1913, 1914-1944 y 1945-1976. La década de 1930 queda dentro del segundo. El análisis estadístico utilizó el año de nacimiento de cada participante, pero no aisló la franja exacta de 1930 a 1940. Por eso, la comparación describe una tendencia de cohorte y no un carnet psicológico. Los propios autores lo condensan así: «The answer is mixed», la respuesta es mixta.A los 58 años, las personas nacidas después mostraban menor afabilidad media que las anteriores, además de menos neuroticismo y más extraversión y apertura. La responsabilidad o escrupulosidad no ofreció una diferencia general equivalente. Conviene distinguir también la amabilidad dirigida hacia otros de la autocompasión: ser considerado con el vecino no garantiza tratarse bien por dentro.Tres guerras alrededor de la cunaLa Primera Guerra Mundial pertenece a la biografía de sus padres, no a la suya. Su legado, sin embargo, dejó duelos, mutilados, inestabilidad política y una Europa acostumbrada a la amenaza. La Segunda Guerra Mundial sí cubrió buena parte de su niñez: los mayores de esa franja tenían quince años en 1945; los más jóvenes habían nacido con el conflicto ya iniciado. España no participó como potencia beligerante, pero sufrió las restricciones del comercio mundial en plena reconstrucción.En España, la experiencia fue aún más cercana. Quien nació en 1930 tenía seis años cuando comenzó la Guerra Civil y nueve cuando terminó. Quien llegó en 1940 abrió los ojos en la posguerra. El Instituto Nacional de Estadística recuerda que el racionamiento se mantuvo de 1939 a 1952 y que no cubrió las necesidades básicas. La escasez entró en la rutina familiar mediante cartillas, colas y reparto estricto de comida. Esta historia encaja con la explicación psicológica, aunque los datos de Seattle no la prueban para la población española.Ese aprendizaje colectivo puede ayudar a entender la cooperación cercana. Una síntesis publicada en Journal of Economic Perspectives revisó casi 20 investigaciones realizadas en más de 40 países y halló que la exposición a violencia bélica tendía a relacionarse con más participación comunitaria y conducta prosocial local. El límite importa: la solidaridad podía concentrarse en el propio grupo y convivir con desconfianza hacia quien quedaba fuera.La guerra tampoco debe presentarse como una escuela de carácter. Una revisión de 72 publicaciones sobre menores expuestos a conflictos encontró depresión, ansiedad, problemas de adaptación y estrés postraumático, junto con procesos de resiliencia. La fortaleza convivió con heridas duraderas, separaciones familiares y un modo de callar el miedo que pudo prolongarse durante décadas.Cómo la historia entra en el carácterLos autores del seguimiento longitudinal proponen la inversión social como una explicación. Las cohortes anteriores asumían antes empleos, cuidados familiares y responsabilidades comunitarias. Esos papeles premiaban el cumplimiento, la reciprocidad y la capacidad de encajar en redes estables. La vida adulta llegaba mucho antes, con menos años de estudio y menos opciones para aplazar compromisos.La edad también pesa. Dentro del seguimiento, la afabilidad y la responsabilidad tendían a crecer con los años, mientras la apertura descendía en edades avanzadas. Los modelos intentaron separar ambos relojes. Aun así, el año de nacimiento explicaba una parte pequeña: reducía entre casi cero y un 15% de la variación pendiente según el rasgo y el tipo de cambio analizado.Las cohortes posteriores puntuaban más alto en extraversión y apertura, cualidades útiles para tomar la iniciativa, conocer gente nueva y aceptar ideas distintas. Hasta la forma de gastar la energía social cambia entre personas. Cada época recompensa conductas diferentes, y una ventaja en cooperación no convierte a una cohorte en superior.La virtud también tenía un costeEn la vida diaria, aquella afabilidad podía verse en devolver lo ajeno, cumplir la palabra o ayudar primero a familiares y vecinos. También podía adoptar la forma de conformidad, miedo al conflicto y dificultad para reclamar. La memoria emocional conserva lo que dolió, aunque una familia evite nombrarlo. Cooperar podía ser una protección y, a la vez, una obligación difícil de rechazar.Ese coste afectó de forma desigual. La educación, el sexo, la clase social, el lugar de residencia y la exposición real a la violencia alteraron cada trayectoria. En muchas mujeres, la expectativa de cuidar y ceder era más intensa; en hogares represaliados, exiliados o empobrecidos, obedecer podía responder a una necesidad de seguridad.La lección útil no consiste en idealizar una infancia de guerra. Consiste en recuperar gestos concretos, como cumplir acuerdos, devolver lo que no pertenece a uno y ayudar al círculo cercano, sin heredar el silencio ni el miedo. El carácter generacional no viene escrito en los genes: deja una huella estadística, mientras cada vida decide qué conserva de ella.