Desde un dron, o desde un satélite, la escena parece un accidente ambiental: una mancha rosa fosforescente expandiéndose sobre las aguas del Atlántico. En realidad, era justo lo contrario. Científicos estadounidenses vertieron deliberadamente miles de galones de un químico usado para tratar agua potable, con la esperanza de que el propio océano absorba más carbono del que ya absorbe