Madrid aparece lleno de gente, alcalde, y, sin embargo, rebosante de nadie. Es la ciudad, ya, un gentío deshabitado, un bullicio que bosteza. Hay coches, pero no hay prisa. Hay terrazas, pero casi no hay ciudad. Todo parece una postal donde el fotógrafo hubiera olvidado el encuadre de personas. Dirá usted, alcalde , que escribir del calor resulta demasiado socorrido en julio, o en agosto. Pero no. El calor es un desafío literario, una dificultad estilística. El frío reúne épica. La lluvia incluye melancolía. La nieve trae un prestigio de foto antigua. El calor desnuda a la ciudad. El calor le quita la corbata al paisaje, lo deja en camiseta de tirantes, en rato desabrochado. El verano convierte Madrid en... Ver Más