La idea sonaba razonable en 1972: aprovechar millones de neumáticos que se acumulaban en los vertederos para darles una segunda vida como arrecife artificial. Medio siglo después, esos mismos neumáticos siguen destruyendo el fondo marino que se suponía debían proteger, y equipos de restauración recurren ahora a drones submarinos para terminar de limpiar el desastre