Secretos y mentiras en la política exterior española

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La reciente imagen de un presidente del Gobierno español y su ministro de Asuntos Exteriores en plano de igualdad junto al gobernante de un minúsculo territorio –la única colonia en suelo europeo– es desde luego, histórica. No se olvidará el derribo de la Verja de Gibraltar ni la cara de felicidad de gibraltareños y británicos, que han marcado un gran gol a España, sin haber llegado a disputar la final del Mundial. La reclamación de la soberanía del Peñón queda difuminada y se pierde la gran ocasión que ofrecía el Brexit para acercarse a recuperarla. Sin entrar en el fondo del acuerdo entre Reino Unido y la UE, es relevante la opacidad con la que el Gobierno ha llevado a cabo las negociaciones que han desembocado en el texto suscrito. Sólo unos pocos en Exteriores han estado al tanto de lo que cocinaba. La oposición se ha quejado, y con razón, de que el Gobierno ha hurtado al Parlamento español pronunciarse sobre ese texto, que es indudable que afecta a los intereses españoles. Escudarse en que, formalmente, no se trata de un Acuerdo Mixto -que exigiría pasarlo por las Cámaras españolas– es un reflejo más del poco respeto que el Ejecutivo de Sánchez manifiesta hacia el poder legislativo. El desarrollo de la negociación sobre Gibraltar es el último ejemplo del secretismo y las medias verdades que marcan la política exterior española, tanto en el fondo como en las formas, con un ministro, Albares, que hace tiempo que impuso un régimen de terror para desterrarla productiva costumbre de que los periodistas pudieran tener acceso a los diplomáticos. Pero no es la única muestra de ese secretismo: cuatro años después del giro dado en la posición española con respecto al Sahara Occidental, en favor de las tesis de Marruecos, nadie del Gobierno, pese a las insistentes preguntas parlamentarias y periodísticas, ha sido capaz de ofrecer una explicación coherente. La falta de claridad alimenta las sospechas de que el vecino magrebí tiene información sensible sobre alguno de nuestros gobernantes gracias al hackeo por los servicios de inteligencia marroquíes de los móviles de diversos altos cargos. Sorprendente resultó también la decisión de Sánchez de ponerse a la cabeza del reconocimiento del Estado palestino, sin mediar consulta alguna con el resto de los partidos, en un asunto que, hasta entonces, había sido objeto de un amplio consenso entre las distintas formaciones, con resoluciones parlamentarias que establecían las condiciones para dar ese paso. Como tampoco ha sido explicado, de manera clara, el intenso estrechamiento de relaciones con China y el respaldo a los intereses del gigante asiático, muchas veces a espaldas de la Unión Europea. Quizás, mirar a la figura del expresidente Rodríguez Zapatero, cuyas actividades se encuentran ahora bajo la lupa judicial, ayude a hacerse una idea de por donde han ido los tiros con China… o con Venezuela. Las maniobras de la política exterior española en relación con el régimen chavista darán, cuando salgan más datos a la luz, para un estudio sosegado: desde la retirada del apoyo a Juan Guaidó como presidente encargado de ese país hasta la utilización de la Embajada en Caracas para propiciar la salida de Edmundo González, tras haber ganado las elecciones presidenciales en Venezuela. Sin olvidar, por supuesto, el rocambolesco paso de Delcy Rodríguez por el aeropuerto de Barajas. La política exterior de un país no es inamovible. Los cambios de rumbo pueden estar justificados, pero una sociedad democrática exige que se conozcan los motivos por los que se adoptan y que se intente alcanzar el mayor consenso posible. Solo si no se consigue, el Gobierno queda libre de emprender el cambio que considere oportuno, asumiendo, lógicamente, el riesgo que supone, para su credibilidad e incluso para la del país.