El alcalde que rescató el centro

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Luis Uruñuela Fernández llegó a la Casa Grande de Sevilla por una maniobra de Alejandro Rojas-Marcos en la negociación de los primeros pactos municipales. El carismático líder andalucista cambió el Ayuntamiento de la capital por los de Huelva y Granada, decisión que por una parte le costó una sangría de votantes en esas ciudades y por otra dejó al alcalde hispalense en manos de un PSOE que, decepcionado por su papel secundario, lo sometió a intenso y continuo sabotaje. No fue el suyo un mandato sencillo y sí repleto de dificultades, pero jamás perdió la dignidad del cargo y durante cuatro años dio una lección de moderación y maneras elegantes. Como era su naturaleza, su manera de ser, su carácter. Un rasgo común de los diferentes regidores sevillanos –nueve con el actual— consiste en la ausencia de un concepto global de ciudad, un proyecto colectivo como el que Málaga ha sabido desarrollar y mantener con éxito. A Del Valle se lo diseñó el Estado con ocasión de la Expo para dejarlo abandonado luego; Rojas-Marcos tuvo excelentes ideas malogradas entre polémicas recalificaciones urbanísticas a la carta y el sueño imposible de los Juegos; Becerril se volcó en la gestión de detalles cotidianos y la obsesión por el equilibrio financiero; a Monteseirín, que logró tres mandatos, hay que agradecerle el Metro –aunque se lo arrancase Alejandro como precio del acuerdo de gobierno—pero luego se empeñó en un legado de discutidos hitos arquitectónicos que han transformado el paisaje con dudoso criterio; Zoido carecía de pensamiento estratégico; Espadas gestionó bien sin atreverse a ir más lejos, y Muñoz estuvo muy poco tiempo. Uruñuela ni siquiera se pudo plantear un modelo: simplemente le tocó empezar de cero. Llegó a un Ayuntamiento en bancarrota, sin dinero hasta para comprar a la plantilla de la Policía botas nuevas. El tripartito de izquierdas funcionó sin apenas coordinación, cada partido a su manera, mientras Manuel del Valle establecía desde la Diputación, muy saneada económicamente, una suerte de Alcaldía paralela con la ambición nada oculta de instalarse en la verdadera. Su misión esencial fue la de construir tras la dictadura una institucionalidad democrática en medio de una situación de inestabilidad política y de quiebra técnica. Aun así, puso en marcha la urbanización de Sevilla Este (entonces Polígono Aeropuerto), una incipiente modernización administrativa de la municipalidad y la dotación de infraestructuras básicas a las barriadas periféricas construidas con severo déficit de servicios durante la oleada de migración rural de los años sesenta y setenta. La decisión clave de aquella gestión, y también la de mayor arrojo político, fue la suspensión –una moratoria, en realidad—de licencias de derribo en un centro histórico devastado por la febril especulación inmobiliaria del desarrollismo. La medida, cuya autoría intelectual correspondió a Víctor Pérez Escolano, concejal elegido en la candidatura del Partido Comunista y nombrado delegado de Urbanismo, se adoptó por unanimidad del Pleno –incluida la UCD-- aunque la derecha sociológica se opuso de inmediato al parón constructivo y desencadenó una campaña de hostilidad contra la Corporación, acusada de desmantelar el tejido constructivo. El tiempo acabaría demostrando el papel decisivo de aquella idea en la salvación del entorno monumental y la revitalización del casco antiguo gracias a un nuevo y más racional marco normativo. A costa de un fuerte desgaste personal, el alcalde y Escolano operaron una transformación fundamental del núcleo memorial de la ciudad, amenazado por la desaprensiva piqueta de los últimos años del franquismo en un proceso de estragos descontrolados comparable al de la actual proliferación de los alojamientos turísticos. Hubo más transformaciones. La Feria, tras un primer año desastroso en que el Ayuntamiento cedió a las tentaciones populistas del momento, adoptó el modelo organizativo que hoy conocemos. Algo parecido sucedió con la Semana Santa, cuya Carrera Oficial pasó al control del Consejo de Cofradías por la necesidad municipal de ahorrar dinero. La relación con las hermandades vivió tensiones iniciales derivadas del choque ideológico con una izquierda que tardó algún tiempo en identificarse con la celebración cofrade como fiesta del pueblo, pero se normalizó en buena medida gracias al esfuerzo del propio Uruñuela, que con su presencia en las procesiones consiguió que los sectores más conservadores aflojasen su recelo hasta lograr un compromiso de mutua colaboración y respeto. Ése fue siempre su sello de marca: la convivencia y el diálogo. También durante las numerosas crisis del andalucismo, que en medio de frecuentes crisis internas recurrió a su prestigio y su liderazgo cada vez que necesitaba –y fueron varias—encontrar un punto de confluencia entre sectores enfrentados. Se retiró sin ruido, consciente de que los años darían valor a su legado, que es el de un progresismo templado, abierto al consenso, alejado de cualquier tentación de dogmatismo sectario. Y, por supuesto, el del ordenamiento de un recinto histórico que hoy añora alguna clase de movimiento contemporáneo capaz de rescatarlo de otro marasmo para devolverlo a la ciudad como espacio de identidad y reencuentro de los sevillanos. Antes de su salto a la actividad pública, Luis Uruñuela dejó como docente del Centro de Nuevas Profesiones una impronta cultural indeleble en varias generaciones de profesionales del periodismo, entre ellos el autor de este artículo. Su asignatura se llamaba Historia del Pensamiento Político.