En la misma semana en la que Javier Milei se deslenguó contra autoridades de dos poderes del Estado brasileño firmó el impracticable DNU que lo incriminaría a él si estuviera en vigencia en otras naciones ya que persigue expulsar, o no dejar entrar al país, a aquellos que emitan mensajes de odio contra la República Argentina, sus símbolos patrios y sus ciudadanos. “No odiamos lo suficiente a los periodistas” no se cansa de repetir quien ahora quiere perseguir a otros odiadores. Palabras rescatadas de un viejo monólogo de Enrique Pinti, que resonaron en el Teatro Colón durante la ceremonia de los premios de teatro que llevan su nombre, acudieron involuntariamente en favor de estos días de furia verbal del presidente de la Nación. “Hay gente –recitó el comediante Martín Rechimuzzi al recrear a Pinti– que todavía se escandaliza por el lenguaje. Hay que ser pelotudo. Con todas las cosas que uno tiene para escandalizarse.” A buena parte de la colonia artística que estaba en la sala, cuya postura mayoritaria es de fervorosa oposición al actual gobierno, les debe haber resonado incómodo e inoportuno traer al presente aquellas palabras. Es que fueron pronunciadas pocas horas después de que el mandatario argentino, en San Pablo, profiriera graves improperios contra el presidente de Brasil y un juez del Superior Tribunal Federal de ese país y que un día más tarde embistiera contra José Ignacio De Mendiguren, el exministro de Eduardo Duhalde, en el predio ferial de Palermo. Sumó maltratos verbales en su cadena nacional del jueves cuando calificó de estafadores y de falsificadores de dinero a los políticos que manejaron el Banco Central desde su creación en 1935 y acusó puntualmente a Cristina Kirchner de haber “robado” de esa institución 10.000 millones de dólares para crear el Fondo del Bicentenario. Muy probablemente, de haber estado vivo, el creador y protagonista de Salsa criolla –uno de los mayores éxitos de taquilla de la historia teatral argentina– no habría elegido de su amplísimo repertorio humorístico ese pasaje precisamente para no convalidar los recientes exabruptos presidenciales. Pero vaya que Pinti usaba en sus espectáculos palabras soeces en cantidad que escandalizaban a muchos de los que hoy no se mosquean en lo más mínimo con las diatribas de Milei (“Es así”, hasta lo justifican). Una cosa es el lenguaje vulgar sobre un escenario que pueda usar un actor para habilitar desde la ficción ciertos efectos catárticos que descompriman las irritaciones acumuladas en los espectadores y otra muy distinta es que el jefe de un Estado se transforme en un lenguaraz que ataca con verba descompuesta al mandatario de otro país. Es lo que hizo Milei en Brasil y agrava ese insólito episodio que haya participado del mismo de manera entusiasta, el canciller Pablo Quirno, ni más ni menos que la autoridad máxima de la diplomacia argentina. Aunque en declaraciones posteriores, el ministro de Relaciones Exteriores dijo que los dichos de Milei contra Lula no afectan las relaciones institucionales entre ambos países, no hay manera de sacarlas de ese plano. No se trata de una pelea entre dos amigos de la vida ya que solo se relacionan en la esfera estrictamente pública por ser autoridades máximas de sus respectivos países. Todo lo que se digan de manera destemplada altera las relaciones óptimas que deberían imperar entre los dos socios principales del Mercosur. Ministros brasileños escalaron el altercado al calificar al presidente argentino de “payaso” y de “imbecil” (epíteto también usado contra Milei por el expresidente Alberto Fernández). La voz informal de la conciencia libertaria, la diputada Lilia Lemoine expuso públicamente una teoría peregrina. “Que entre dos presidentes se insulten es esperable”, opinó. Está lejos de serlo que dos mandatarios se insulten ya que no se representan a sí mismos sino a las naciones que los eligieron. Comportarse como un desaforado está en las antípodas de lo que se espera de un estadista. Cuando se le preguntó a Lula sobre los insultos que le propinó Milei, respondió con cierto humor (y, tal vez, con algo de pena): “¿Quién es ese tipo?”. Y luego calificó de “payasada” y “disparate” lo que hizo el mandatario argentino. Por su naturaleza, las malas palabras son de uso excepcional ya que si se abusa de ellas pierden contundencia y solo ensucian la reputación de quien se embarra repitiéndolas. Lo que no quita que sean parte del idioma y hasta, claro que sí, puedan ser objeto de observación académica. Lo prueba el recordado Congreso de la Lengua, llevado a cabo en Rosario en 2004, durante el cual Roberto Fontanarrosa dio al respecto una desopilante clase magistral. Los psicólogos infantiles cuentan que hacia los tres años los chicos empiezan a repetir esas palabras “prohibidas” porque les causa gracia la reacción que se produce en los mayores a quienes desafían. ¿Se infantiliza el presidente Milei cuando acude a ellas con tanta asiduidad o, tal vez, las escuchó demasiado en su contra cuando era chico y se venga ahora de ese maltrato que recibió? Una palabra fuerte pronunciada de manera excepcional puede ser solo forma, pero su utilización intensa y habitual se transforma en fondo, contenido y concepto. Un fondo oscuro que potencia su negatividad cuando se derrama desde la más alta magistratura del país.