La reciente muerte del fotógrafo italiano Umberto Pizzi , considerado el último paparazzo de la mítica época de la Dolce Vita romana, ha reabierto el debate sobre el devenir de una profesión nacida al calor del cine de Federico Fellini. Sin embargo, el adiós a los pioneros no supone la muerte de la prensa rosa, sino el reflejo de su propia reinvención. Lejos de extinguirse, la fascinación por la vida de las celebridades está más viva que nunca, aunque el negocio haya experimentado un giro radical en sus formatos, en las normas y los canales de difusión. Durante más de dos décadas, España vivió una auténtica era de esplendor en la prensa rosa. Entre los años 80 y mediados de los 2000, los paparazis no eran simples fotógrafos de prensa, se convirtieron en auténticos reporteros de trinchera donde arriesgaban su dinero y muchas horas de sueño a cambio de capturar la fotografía deseada sin filtros ni retoques. Sin embargo, la profesión del auténtico paparazi ha sufrido una transformación que la sitúa hoy al borde de la extinción. Para comprender las dimensiones de este cambio, ABC habla con tres de los rostros más destacados de aquella época, los paparazis Diego Arrabal, Antonio Montero y Jordi Martín. Sus historias reflejan el paso de un periodismo de picardía, persecución, camuflaje y viajes exóticos a un nuevo escenario dominado por las redes sociales, los cambios sobre la privacidad y la irrupción de una nueva hornada de celebridades que poco tienen que ver con los grandes mitos del corazón. «Hace dos días me impactó ver una entrevista de Fabiana Sevillano, una influencer que yo ni sabía quién era, y decía: 'Tengo que dar las gracias por salir cada día en las redes de Javi de Hoyos, porque gracias a eso hoy soy quien soy . Si no hubiera salido ahí, hoy no tendría las marcas que tengo detrás'», explica como ejemplo Jordi Martín. El concepto del auténtico paparazi difiere radicalmente del fotógrafo que acude a una alfombra roja o a un photocall. Como detalla Martín, «los paparazis realmente somos los que tenemos los ojos en la calle y los que vemos todo». Es un trabajo basado en la investigación pura, el riesgo y la discreción. Diego Arrabal añade que el paparazi real era «el que está escondido detrás de un seto en un campo cuatro días para conseguir una imagen. Los personajes se enteraban de las cosas cuando se veían en las revistas». En aquellos años de esplendor, la tecnología apenas comenzaba a despuntar y la astucia para conseguir información privilegiada marcaba la diferencia. Antonio Montero relata cómo algunos paparazis utilizaban los denominados scaners de radio: «Era un cacharro, una especie de walkie-talkie, que se sintonizaba a la frecuencia de los teléfonos analógicos de las casas... Si te ponías cerca de esa casa, podías escuchar todo lo que se hablaba en ese teléfono . Incluso se sintonizaban los intercomunicadores de los bebés». Estos aparatos sirvieron a los fotógrafos y los propios medios de comunicación para validar las informaciones: «Se obtenían pistas cruciales sobre vuelos, billetes de avión o llamadas de parejas furtivas». No se publicaban las escuchas, pero permitían a los fotógrafos ser los primeros en llegar al lugar para cazar al famoso in fraganti. Transmitir las fotos robadas en directo a principios de los noventa, exigía auténticas heroicidades. Montero recuerda tener que revelar carretes de diapositivas en tiendas de Nueva York, Argentina o Costa Rica, o bien transportar su propio laboratorio químico a hombros. Con la aparición de los primeros escáneres digitales para los negativos del carrete, enviar una selección de fotos podía convertirse en una autentica pesadilla: «Tardábamos a lo mejor tres horas en meter 17 o 18 fotos con el ordenador enchufado en la recepción de un hotel, desenchufándoles su conexión telefónica. La llamada internacional nos podía costar 3.000 euros para mandar 16 fotos». A pesar de esa inversión enorme en hoteles, coches de alquiler o helicópteros, el negocio compensaba. Diego Arrabal explica que viajar a otra parte del mundo implicaba un gran desembolso —a veces de 6.000 o 15.000 euros que adelantaban de su propio bolsillo —, pero la posibilidad de vender una portada por 25.000 o 40.000 euros justificaba ese riesgo económico. Durante el apogeo de la época, las cabeceras de las revistas disponían de presupuestos multimillonarios y peleaban con agresividad por mantener el monopolio de las exclusivas. Las cantidades que se movían en el sector alcanzaban unas magnitudes que hoy serían impensables. Diego Arrabal ostenta el récord de haber conseguido la exclusiva mejor pagada en la historia de la prensa del corazón con el seguimiento a la Princesa Diana de Gales. «Fueron las fotos de Lady Di en topless. Pagaron en aquel momento un millón doscientos mil dólares (doscientos millones de pesetas) . La compró la revista ¡Hola! para no publicar, porque Eduardo Sánchez Junco, dueño de la revista, ya tenía en la cabeza lanzar la edición inglesa de Hello! y qué mejor campaña publicitaria para la cabecera que retirar del mercado las fotos de la 'princesa del pueblo'». De hecho, eso le sirvió para que en la presentación de la nueva revista inglesa la estrella invitada fuera la propia Lady Di. Por su parte, Jordi Martín recuerda otros de los hitos de aquella época: «El bikini de la Reina Letizia que consiguió mi amigo Sergio en 2014 se pagó en más de 600.000 euros. Pero, ¿hoy qué podría valer ese bikini? 50.000 euros como mucho, si es que alguna revista puede pagarlo. A mí la exclusiva más cara me la pagaron en 100.000 euros, pero en el sector ha habido reportajes de 250.000, 300.000 o hasta de 600.000 euros». Incluso en reportajes aparentemente sencillos se alcanzaban sumas desorbitadas debido a la feroz puja entre publicaciones rivales, tal como rememora Antonio Montero: «Llegué a vender cosas que yo mismo pensaba: '¿Cómo puedo vender esto?'. Vendí casi por 50.000 euros una jura de bandera de Alberto Cortina hijo. En esa época salieron revistas que rivalizaban directamente con las revistas tradicionales y ¡Hola! pagaba el doble de lo que había pagado nunca con tal de que el material no llegara a otros medios ». El declive de la prensa rosa no se debe a un único motivo, ha sido la suma de varios factores lo que ha acabado con su modelo de negocio tradicional. Diego Arrabal señala al endurecimiento del marco legal como uno de los grandes culpables del declive. «Antiguamente se fotografiaba a figuras públicas en piscinas, casa o restaurantes, pero las leyes de protección de la intimidad y el honor se endurecieron. Nuestro trabajo siempre estaba en el filo de la navaja ... Cuanta más protección legal haya para cualquier ciudadano, más va eso directamente en contra de lo que ha sido nuestro profesión». Tanto Arrabal como Montero y Martín coinciden en que la llegada de las redes sociales dinamitó la exclusividad. Antes, el fan necesitaba comprar una revista para saber de su ídolo, hoy en día es el propio personaje quien decide qué publicar. Además, cualquier persona con un smartphone puede fotografiar a un famoso y viralizar la imagen en minutos, acabando con el factor sorpresa y el valor comercial. Antonio Montero sitúa un punto de inflexión decisivo en el año 2000 con la emisión de programas como 'Tómbola' o '¿Dónde estás corazón?': «La televisión comenzó a nutrir sus contenidos con el material de las revistas, mostrando a los personajes en movimiento y erosionando las ventas del quiosco. Posteriormente, al empezar a pagar cifras de entre 80.000 y 100.000 euros por acudir a un plató, los propios famosos entendieron que era más lucrativo para ellos en lugar de tener que sufrir la persecución de las cámaras». Otro problema fue que las revistas tradicionales no lograron conectar con las nuevas generaciones ni invertir a tiempo en el entorno digital. Jordi Martín contrasta cómo portales estadounidenses como TMZ lograron adaptar el lenguaje de la prensa rosa al soporte online, mientras que los directores de las principales revistas españolas rechazaron durante años la transición digital bajo la premisa de que sus lectoras jamás utilizarían una tablet para consumir información del corazón. «Hoy en día, nadie lleva una revista en la mano». La transformación del negocio coincide también con un claro relevo en el perfil del famoso . Para los paparazis de la vieja escuela, los personajes de antes —como Isabel Preysler, Ana Obregón o Mar Flores— generaban un interés masivo que nada tiene que ver con los creadores de contenido actuales. Jordi Martín señala con cierta tristeza cómo los rostros emergentes son influencers cuyo contenido difiere de los reportajes de calle tradicionales: «Las niñas jóvenes de hoy prefieren a una Marta Díaz o una María Pombo. Pero esas influencers ya cuelgan su vida en bikini con su marido y sus hijos en sus propias redes. El verdadero morbo del paparazi era pillar a la famosa en topless o empezando una relación secreta». De los más de 150 paparazis que trabajaban en España durante la época dorada, apenas restan unos 30 en activo. Muchos fotógrafos han tenido que reorientar su carrera profesional al no poder sostener sus ingresos como colaboradores televisivos o buscar un trabajato totalmente diferente como conductores de taxi, camareros o comerciales. Los pocos que continúan en la calle sobreviven vendiendo reportajes locales por cifras que oscilan entre los 500 y 1.500 euros, muy alejados de las grandes sumas de dinero de antaño. El oficio del paparazi clásico, aquel que pasaba días de guardia en un coche alimentándose con café de termo a la espera del disparo millonario, ha llegado prácticamente a su fin. La prensa rosa continúa viva porque la atracción por la vida ajena nunca dejará de existir, pero el negocio de las exclusivas millonarias ha cambiado para siempre . Hoy el chisme es inmediato, gratuito y lo distribuye el propio protagonista a través de sus redes.