Detrás de la figura de un astronauta la idea general evoca a alguien que ha llevado a cabo una formación metódica, casi castrense, enfocada en el conocimiento, en las horas de estudio y en la preparación técnica necesarias para asumir misiones de tanta responsabilidad como la que protagonizaron en el mes de abril el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen a bordo de la Artemis II.Y, en cierta medida, es cierto que postularse para acceder a los planes espaciales de cualquiera de las agencias que operan a nivel internacional exige una capacitación óptima. Sin embargo, detrás de quienes tienen el sueño de viajar al espacio y contribuir con los descubrimientos que puedan hacer al desarrollo global también están personas con unas rutinas y aficiones que los equiparan a cualquiera que pueda estar leyendo estas líneas.A ello se refirió la biotecnóloga e investigadora leonesa Sara García Alonso, astronauta de reserva de la ESA (Agencia Espacial Europea), al rememorar las pruebas de selección que tuvo que superar con dicha administración. Durante aquel proceso, descubrió que tras expedientes científicos impecables se escondían trapecistas, patronas de barco o pilotos de aviación comercial: «Todos tenían una segunda vida», confesaba la representante española en una charla coloquio organizada por BBVA.Las aficiones paralelas en la vida de un candidato a astronauta La propia Sara García Alonso detallaba alguno de los momentos de ese proceso en abril de 2024 en el acto organizado por la entidad financiera. La concentración y la rectitud mandan, si bien, como dejó claro en esa conversación, durante el mismo también había instantes para profundizar en el carácter del resto de aspirantes. Diálogos en los que, para su sorpresa, descubrió rasgos peculiares que, curiosamente, albergaban un denominador común que más tarde comprendería la propia científica leonesa.Así, la investigadora recordaba cómo, al interesarse por el perfil de quienes compartían pruebas en una de las fases, las respuestas rompían con frecuencia el patrón del currículum habitual: «Éramos ocho en el proceso de selección que nos examinábamos ese día y yo le preguntaba a una compañera: "Bueno, ¿y tú a qué te dedicas?". "Pues yo soy neurocientífica, pero también soy trapecista"». Dos capacidades que se pueden considerar en las antípodas la una de la otra y que, sin embargo, no constituían una excepción entre los aspirantes, sino la pauta común.Disciplinas de alta exigencia que definen personalidad y vocaciónLa primera mujer española en la reserva de astronautas de la ESA comprobó esa excepcional normalidad al continuar conversando con el grupo: «A otro le preguntaba: "¿Y tú a qué te dedicas?". "Yo soy profesora de física, pero también piloto aviones comerciales y soy campeona de triatlones"».Mismo esquema de respuesta que recibió de su siguiente compañera de pruebas: «¿Y tú?. "Yo estoy estudiando y sacándome la carrera de medicina, pero aparte tengo un doctorado en inteligencia artificial y soy patrona de barcos"». Un abanico de personalidades que habían logrado compaginar en armonía una preparación académica de máxima exigencia con aficiones muy específicas y que también requerían de una dedicación elevada.Ser conocedora de aquel espectro tan amplio de investigadores y científicos que aunaban además una disciplina adicional a sus aptitudes hizo pensar a Sara García Alonso en el denominador común que emergía tras ello, que no era sino el impulso de superación personal: «Todo el mundo tenía múltiples aficiones, todo el mundo había hecho cosas un poco extraordinarias, no con el propósito de prepararse para ser astronauta, sino porque les motivaba, porque querían probar sus límites, querían ir más allá, querían dejarse llevar por esas ganas de aprender. Estamos hablando de gente con mucha determinación», subrayaba la científica al analizar el nexo de unión entre aquellos perfiles desconocidos entre sí hasta aquel momento.Un aspecto que, para la propia astronauta española, se encuentra en la base de que todas aquellas personas se encontraran inmersas en el mismo proceso en el que ella misma se había embarcado. Con esa formación y esas aficiones tan específicas y que no podían ser fruto más que de la inquietud personal y la determinación, todos los candidatos mostraban una vocación de servicio en la que el éxito de la misión se situaba siempre por encima de cualquier aspiración particular.García Alonso resumía aquella lectura señalando que tanto ella como sus compañeros de proceso «compartimos esas ganas de explorar, ese poner por encima los objetivos de una misión, muy por encima de nuestros intereses particulares». Un camino que aleja el ego personal y pone la disciplina, forjada tanto en estudios como en aficiones, al servicio del bien común en una metáfora que la propia astronauta señaló al referirse a cada uno de sus compañeros como «una pieza más de un puzle que lo que busca es avanzar en el conocimiento».