Tenemos que hablar de Andrés Corta Hiriart, un reconocido biólogo, escritor y divulgador mexicano cuya trayectoria se distingue por tender puentes constantes entre el rigor de las ciencias naturales y la sensibilidad de la escritura. Desde muy temprana edad, su fascinación por los seres vivos menos "populares", como reptiles, anfibios e insectos, moldeó una mirada crítica y apasionada sobre la biodiversidad, consolidándolo como una de las voces más frescas e incisivas de la divulgación en el ámbito hispanohablante.Durante una entrevista, Andrés planteó una reflexión tan inquietante como profunda al cuestionar qué significa realmente la existencia dentro de un tanque de cristal. Para ilustrar esta inquietud, recurrió al ejemplo del ajolote, un anfibio que encarna una dramática paradoja. Aunque existen cientos de miles de ejemplares distribuidos en acuarios y laboratorios, la especie se encuentra al borde de la extinción en los canales de Xochimilco y otros humedales que constituyen su entorno de origen.El biólogo expuso que un organismo confinado y despojado de sus interacciones tróficas, sus dinámicas evolutivas y de su red ecológica deja, en cierto sentido, de ser plenamente una especie. La supervivencia en cautiverio plantea un dilema ético y biológico sobre si estamos salvando a un animal o únicamente preservando un "eco doméstico" de lo que alguna vez fue un soberano de los ecosistemas acuáticos.La imaginación y la escritura como herramientas indispensables para la biología A lo largo de su intervención, Andrés desgranó otras ideas muy interesantes para el debate científico actual. Una de las más destacadas fue su insistente crítica a la división histórica entre las ciencias y las humanidades, una frontera artificial que considera obsoleta y perjudicial. Defendió la necesidad urgente de formar científicos humanistas y humanistas familiarizados con la ciencia, sugiriendo que disciplinas como la literatura y la filosofía deberían formar parte indispensable de cualquier currículo científico. En esta misma línea, revindicó la corriente de la escritura de la naturaleza, un género capaz de descentrar la mirada humana para otorgar un protagonismo narrativo a las demás criaturas y devolver la capacidad de asombro a los lectores.Por otro lado, también abordó el nocivo impacto de las creencias populares y los prejuicios culturales sobre la fauna incomprendida. Mencionó mitos arraigados en el imaginario colectivo, como la disparatada leyenda de la serpiente cincuenta amamantándose de mujeres lactantes o el infundado augurio de muerte atribuido a las mariposas nocturnas, relatos que suelen desembocar en la matanza sistemática de animales inofensivos e imprescindibles. Un corredor de charcas para los anfibios de Tres CantosOtro tema que trató Andrés es la magnitud de la crisis de biodiversidad y el llamado trastorno por déficit de naturaleza que afecta a las sociedades urbanas. Lejos de concebir la extinción como una amenaza del futuro, recordó que ya está ocurriendo a un ritmo alarmante, e invitó a combatir la soberbia antropocéntrica mediante la modestia, la curiosidad constante y una empatía genuina hacia todas las formas de vida que comparten nuestro planeta.